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Opinión

¿Vale la pena estudiar en el México de la inteligencia artificial?

Inteligencia Financiera Global

Durante décadas se promovió una idea que hoy ya no se sostiene: que estudiar una carrera universitaria era prácticamente garantía de estabilidad, buenos ingresos y crecimiento profesional. Esa narrativa funcionó en otro contexto, en otra economía y en otro momento tecnológico. Hoy, simplemente, ya no es suficiente.

El problema no es estudiar. El problema es creer que estudiar, por sí solo, va a resolver el futuro.

Se está entrando en una etapa en la que la inteligencia artificial comienza a sustituir trabajos, sobre todo aquellos más repetitivos, estandarizados y fáciles de replicar. Y, casualmente, muchos de esos trabajos son los que durante años se promovieron como el camino “seguro”: administrativos, contables, legales básicos, análisis rutinarios. Es decir, precisamente aquellos para los que millones de jóvenes se están preparando hoy en universidades que van varios años —si no décadas— atrasadas respecto a lo que realmente demanda el mercado.

A esto súmele otro problema estructural: México no está creciendo como debería. No es una opinión, es una realidad. La inversión es débil, la productividad lleva años estancada y la incertidumbre institucional sigue siendo un freno importante. Cuando no hay crecimiento, no hay nuevas empresas suficientes. Cuando no hay nuevas empresas, no hay demanda de talento. Y cuando no hay demanda de talento, los salarios se estancan o incluso caen en términos reales.

Se configura entonces una tormenta perfecta: más gente estudiando lo mismo, menor demanda laboral y tecnología que sustituye funciones completas. El resultado es evidente: títulos que pierden valor económico.

Por eso se observa lo que ya está ocurriendo: deserción universitaria elevada, jóvenes que no encuentran sentido en seguir estudiando y una creciente frustración al darse cuenta de que el retorno de esa inversión —tiempo, dinero y esfuerzo— no es el que esperaban. Y esto apenas comienza.

Pero aquí es donde muchos cometen un error de conclusión. El hecho de que el título haya perdido valor relativo no significa que estudiar no sirva. Significa que estudiar sin estrategia, sin adaptación y sin entender el entorno es lo que ya no funciona.

Hoy más que nunca se requiere ser más competitivo, más adaptable y más capaz de generar valor real. Eso implica aprender, sí, pero también entender cómo funciona el mercado, empezar a trabajar desde antes, observar oportunidades, desarrollar criterio y, sobre todo, dejar de pensar que la carrera define lo que una persona puede hacer.

El área de acción no es el título. El área es la realidad económica en la que se mueve cada individuo.

El mundo no es estático. Nunca lo ha sido. Todo cambia constantemente: la tecnología, los mercados, las oportunidades. El que no se adapta, se queda atrás. Y, en el contexto actual, quedarse atrás no es una opción cómoda, es una consecuencia económica.

A esto súmele decisiones de política económica que no ayudan. Cuando se observan intentos de control de precios, mayor intervención del Estado y señales de debilitamiento institucional, el mensaje para la inversión es claro: hay más riesgo. Y, cuando hay más riesgo, el capital se dirige hacia donde encuentra mayor certidumbre.

Menos inversión hoy implica menos crecimiento mañana. Y menos crecimiento significa menos oportunidades para los jóvenes.

Por eso el mensaje es incómodo, pero necesario: no basta con seguir el camino tradicional esperando resultados tradicionales en un entorno que ya cambió. Hoy se requiere más. Se requiere pensar mejor y moverse más rápido.

Hay, además, un punto clave que suele ignorarse: el primer paso para salir adelante no es estudiar más, sino darse cuenta de que es necesario cambiar. Que la situación actual no es suficiente. Que el entorno no se va a adaptar a las personas. Son las personas las que deben adaptarse al entorno.

A partir de ahí, sí: aprender, estudiar, capacitarse. Pero con intención, con estrategia y con los ojos abiertos. Generar ingresos, por pequeños que sean, y acumular ahorro. Ese es el verdadero cimiento. Sin ahorro no hay inversión. Y sin inversión no hay crecimiento patrimonial.

La riqueza no proviene de un título. La riqueza proviene de la capacidad de crear valor y participar en el comercio. Y eso exige criterio, disciplina y acción.

No se está al borde de un colapso, pero tampoco se está en un buen momento. Y eso es precisamente lo peligroso: el estancamiento tiende a normalizarse. Y, cuando se normaliza, la mayoría deja de reaccionar.

Ahí es donde se abre la brecha.

Porque, en un entorno difícil, quien entiende lo que está ocurriendo y actúa puede prosperar. Pero quien sigue esperando que las reglas del pasado regresen, inevitablemente se queda atrás.

La decisión, como siempre, es individual.

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