Iniciamos el año con el mismo ritual de siempre: las doce campanadas, las doce uvas, los mismos deseos repetidos con una fe casi automática. Es una tradición romántica, simbólica, incluso entrañable. Pero también profundamente engañosa. Porque mientras mastico la última uva, me descubro una vez más escuchando las mismas metas de hace cinco años en boca de las mismas personas. Y confieso que la contención para no reírme ya no es ironía, es tristeza.
¿Por qué no cambiamos?
Porque la costumbre suele estar por encima de la educación financiera. Porque el miedo vive en los genes y se hereda sin darnos cuenta. Porque tomar decisiones reales requiere incomodidad, disciplina y renuncia, y eso no cabe en una frase bonita de Año Nuevo. Así, los propósitos se vuelven palabras soñadoras que no pasan del brindis.
Los datos son claros. En México, más del 60% de la población no ahorra de manera formal y cerca del 70% vive al día. No es falta de deseo, es falta de hábito. Y sin hábito, no hay transformación. La falta de capital es una de las principales razones por las que la gente no emprende, no invierte, no se atreve. Pero esa falta de capital no nace de la nada: nace de no priorizar el ahorro, por mínimo que sea.
Ahorrar o invertir no es un lujo, es una decisión estratégica. No importa si comienzas con cien pesos a la semana, con una quincena simbólica o con un monto mensual modesto. Lo importante es iniciar. El ahorro no es solo dinero guardado: es un acto de amor propio, una declaración silenciosa de que
confías en tu futuro.
Si no das el primer paso, tu vida se llenará de sueños no cumplidos y excusas muy bien redactadas. Por eso, en los primeros días del año, abre una cuenta. En el banco más cercano, en la institución que prefieras, pero hazlo. El lugar es irrelevante; la decisión lo es todo.
Nunca es tarde para iniciar. La edad no cancela los sueños. Los sueños no caducan: solo se postergan hasta que te atreves a vivirlos. Confía en ti. El camino comienza cuando dejas de pedir deseos y empiezas a tomar decisiones.
