Opinión

Rayados, Tigres y la lección del Mundial 2026

Sección Editorial

  • Por: Eloy Garza
  • 20 Julio 2026, 04:59

En el fútbol actual, seguir preguntándose de dónde son oriundos los jugadores de un equipo es perder el tiempo y aferrarse a un relato que la realidad desmiente cada fin de semana. 

Rayados y Tigres lo demuestran sin rodeos. La Pandilla suele alinear a nueve extranjeros que representan un tercio de su plantilla, con argentinos como Andrada y Ocampos, uruguayos como Rossi, el español Óliver Torres y perfiles llegados de Colombia y Montenegro que se han convertido en piezas habituales del once.

Tigres va todavía más allá, con doce foráneos que suponen casi la mitad del plantel, entre ellos varios argentinos, uruguayos y brasileños que han sido determinantes en sus campañas más recientes. 

Lo que cuenta no es el lugar donde nacieron ni el pasaporte que llevan, sino si rinden, si se adaptan al sistema y si ayudan al grupo a sumar puntos y títulos.

Esa misma lógica se vio en grande ayer, cuando España se coronó campeona del mundo al vencer a Argentina en la final gracias a un gol de Ferran Torres en la prórroga. 

La Roja no ganó porque sus jugadores fueran “españoles de pura cepa”. Ganó porque su cuerpo técnico armó un colectivo donde el origen de cada futbolista pasó a segundo plano frente a su calidad individual y a la forma en que se complementaban en la cancha. 

Argentina llegó con identidad sureña, historia, pero en el no encontró la manera de imponerse ante un rival que había entendido mejor que el mérito colectivo y la integración efectiva superan cualquier discurso sobre pureza nacional o local. 

El resultado no promueve banderas nacionalistas once contra once y de quién funciona mejor como equipo.

En la Liga MX, los dos grandes de Nuevo León han construido su competitividad fichando talento donde lo encuentran, sin complejos de procedencia. 

Los aficionados que llenan el estadio Rayados o el Universitario no aplauden orígenes: vienen a ver rendimiento, gambetas y resultados. 

Lo mismo ocurre en las grandes ligas europeas, donde jugadores nacidos en África, Sudamérica o Asia se convierten en referentes de clubes centenarios y en ídolos de gradas.

Pretender que un equipo solo puede ser exitoso si alinea mayoritariamente a nacidos en el país es como ignorar que funciona el mercado global del fútbol y, sobre todo, subestimar la capacidad de los entrenadores que logran que hombres de trayectorias distintas se conviertan en un bloque sólido y competitivo.

Lo que España demostró ayer en el Mundial 2026 y lo que Rayados y Tigres practican cada jornada es que el futbol superó hace tiempo la etapa en la que el origen determinaba el destino. 

Hoy gana quien mejor ficha, quien mejor integra y quien mejor hace rendir al grupo, sin importar si el central llegó de Buenos Aires, el mediocampista de Marruecos o el delantero de cualquier otro rincón. 

Los mitos de la pureza solo sirven para consolar a los que pierden. Los que ganan —como los españoles ayer o como hacen los equipos regiomontanos cuando sus extranjeros brillan— se centran en lo único que realmente importa: el rendimiento dentro del rectángulo de juego.

El resto vale madre. Así de simple.

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