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Opinión

Leonard Cohen

Cinefotógrafo y catedrático de la Carrera de Producción Cinematográfica de la UDEM. Contacto en mariogduenas@gmail.com @duenasmariog

Hace una década, el universo musical sufrió un apagón total con la partida de cuatro gigantes: David Bowie, George Michael, Prince y Leonard Cohen. Mientras los tres primeros han recibido infinitos homenajes, el “Príncipe de Montreal” —bautizado así por Joaquín Sabina— a veces queda en un místico segundo plano.

Poseer un registro de bajo profundo es un don, pero hilar historias y biografías sobre acordes perfectos te convierte en algo más que un músico; te transforma en un poeta que desafía la normalidad.

Ahí es donde descubrimos a Cohen: creador, maestro, seductor incansable, devoto del judaísmo, admirador de Jesús, monje budista y faro creativo de artistas como Nick Cave.

El telón se levantó en 1967 con Songs of Leonard Cohen, regalándonos himnos como Suzanne y So Long, Marianne. Con esa voz cavernosa e inédita para la época, nació la leyenda del hombre de traje impecable, un alma dispuesta a romper fronteras y a no detenerse ante nada.

Amante de la poesía de Lorca —al grado de nombrar así a su hija—, Leonard fue un observador agudo del dolor humano. Derrochó un estilo irrepetible, construyendo un mito de don Juan moderno que envolvía a todos, haciendo creer que su vida giraba en un engranaje perfecto.

Sin embargo, pocos logran resurgir de las cenizas del olvido. Tras ser estafado y quedar en la bancarrota por su manager, Cohen se vio obligado a romper su retiro. Fue justamente después de ese quiebre en 2004 cuando recuperó el aliento, entregándonos sus obras más maduras en un regreso histórico y brutal.

Genio magnético, galardonado con el Premio Príncipe de Asturias e inmortalizado en el Salón de la Fama del Rock and Roll, cerró su viaje de forma majestuosa. Su despedida, You Want It Darker (2016), fue un mensaje profundo lanzado al mundo sabiendo que el final estaba cerca, un eco poético que terminó de resonar con fuerza apenas 19 días después de su partida.

En 2019 vio la luz Thanks for the Dance, un álbum póstumo producido por su hijo Adam Cohen. El disco entrelaza poemas y grabaciones que se sienten como el mensaje de un fantasma eterno, un eco suspendido en el tiempo para las nuevas generaciones.

Aunque Leonard ya no habita este plano físico, su esencia se volvió inmortal. Se queda atrapada en sus canciones, en sus versos, en el amor infinito a sus hijos y, sobre todo, en esa devoción absoluta por las mujeres, quienes fueron las grandes musas que encendieron su vida y alimentaron su mito.

Te invito, querido lector, a darle play a Hallelujah. Imagina a Cohen charlando con sus ídolos en lo alto, mientras aquí abajo nos seguimos cuestionando, con el corazón en la mano: What Happens to the Heart.

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