Opinión

Respuesta a una académica que nos insultó a los regiomontanos

Sección Editorial

  • Por: Eloy Garza
  • 12 Abril 2024, 01:16

Una intelectual muy sabionda nos acusa en un artículo de prensa suyo a los regiomontanos de ser frívolos, huecos e ignorantes.

No daré el nombre de esta dizque académica para no hacerle publicidad. Pero sus acusaciones me dan lástima, por ella. Es pecado generalizar y es una canallada hablar tan mal de nosotros los regiomontanos. Yo le contesto, a mucha honra, como regiomontano que soy, que la ignorante es ella.

Lo cierto es que las élites académicas y políticas del centro suelen tratarnos despectivamente a Nuevo León. Es natural: nos separan 1,000 kilómetros de distancia. En tiempos remotos (Siglo XIX) serían más de 630 leguas a caballo; 10 días por los caminos reales, infestados de gavillas de forajidos, cuatreros y por las inclemencias climáticas.

Nuestro prócer José Eleuterio González “Gonzalitos” escribió un libro completo sobre las rodillas mientras viajaba en diligencia a la Ciudad de México. Entre tanto tumbo, eje quebrado, ruedas atascadas y posadas quemadas por los indios, “Gonzalitos” acabó su obra y perdió la vista. También perdió la fe en las élites del poder central. Uno más en la lista (en la que me incluyo).

A los héroes que sí querían al centro como Mariano Escobedo y entregaron su salud, alma y hacienda a las élites centralistas, les fue como en feria: los trataron de la patada. Nunca obtuvieron el reconocimiento que se merecían como los grandes rifleros de Galeana que eran.

Don Mariano terminó regateando su pensión militar de un cuartel a otro y tras su muerte en la inopia y la pobreza insultante, el presidente Porfirio Díaz le pidió a un subordinado que confiscara en pleno velorio el archivo particular del finado. Este subordinado se llamó Bernardo Reyes.

Le guste o no a la elite del centro, los norteños somos gente sencilla, franca, sin pretensiones y vamos a lo nuestro. Hay de todo como en la Viña del Señor, pero en general somos gente sincera y hospitalaria. ¿Que somos alzados? Así mero es. ¿Cuál es el problema?

La mejor estrategia del norteño es abrirse al mundo sin dejar de usar nuestro peculiar acento. Y cuando lo amerita, nos replegamos detrás de nuestras montañas para soportar mejor las embestidas de los huracanes y del centralismo rapaz. En ese sentido, la Sierra Madre Oriental se ha portado con madre con nosotros.

El problema es que ahora ya no puede un norteño (como quien esto escribe) reclamar su derecho regional ni su arraigo porque de inmediato lo acusan a uno de provinciano. ¿Y cuál es la bronca de ser provinciano si mi santa madre nació en Villaldama, Nuevo León? Ahí está enterrado mi ombligo y en el  Cerro de la Silla aventarán mis cenizas.

Yo como cabrito desde que mi papá lo molía en el molcajete y me lo vertía en el biberón. Yo no creo que México renazca en Monterrey (esa es una frase babosa y sin chiste de un foráneo) porque Monterrey se mantiene más bien defendiéndose de las élites del centro y abriéndose al comercio global. Eso no nos hace menos mexicanos. Al contrario.

Desde hace muchos años recorro todo el territorio nacional. He ido de un extremo al otro varias veces. 

Como quien dice, de cabo a rabo. Pernocté en cada municipio a cubierto o a la intemperie. Viajé hasta por los últimos rincones de Texas porque en el Siglo XIX ese territorio no era más que un apéndice de Nuevo León.

Para quien no lo sepa, les confío este dato: Juan Cortina, paisano mío, fue dueño de una hacienda que en el Siglo XIX abarcaba lo que ahora es Brownsville y Corpus Christi. Lo que no pudieron quitarle los bárbaros, se lo quitó el gobierno norteamericano. Los indios lo respetaron, pero los rangers no. No había peor enemigo para un ranchero nuevoleonés que un ranger gringo.

¿Qué hizo entonces la élite centralista de México para apoyar a Juan Cortina? Nada. Lo mandó soberanamente al carajo. Ojo: Juan Cortina nunca dejó de sentirse mexicano. Peleó contra la invasión norteamericana y se puso a las órdenes expresas de Porfirio Díaz. Murió en Azcapotzalco en una especie de exilio interior porque los texanos le pidieron a Díaz que lo mantuviera a raya, lo más lejos posible de Texas. Ese era el miedo que le tributaban al sedicioso del norestense Cortina. 

Desde entonces, la memoria de don Juan cayó en el olvido. Sólo lo recuerda un corrido chafita cantado por Óscar Chávez.

Pero vuelvo al punto inicial. Simplemente digo la pura verdad histórica.

No es que uno desprecie al resto de los mexicanos. Para nada. Adoro Oaxaca, Chiapas, Yucatán, Puebla, Tlaxcala, Guerrero y hasta la Ciudad de México. Sin embargo, formulo la siguiente propuesta a las élites académicas y de poder centralista: déjenos de insultar.

Yo soy de Nuevo León y me gustaría que este estado le ponga un monumento al insurrecto Juan Cortina que, aunque nació en Camargo, Tamaulipas (por cierto, tierra de mis ancestros), es padre fundador de los norteños, es más regiomontano que el cabrito y respetaba a Nuevo León. Cosa que no hacen académicos elitistas.

Si tuviera que elegir entre el panteón de la historia a unos cuantos héroes, yo me quedaba honrando a Juan Cortina. Y a “Gonzalitos”. Disculpen el trillado final pero me sale del alma: ¡Viva Monterrey!

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