Fight club
Cinefotógrafo y catedrático de la Carrera de Producción Cinematográfica de la UDEM. Contacto en mariogduenas@gmail.com @duenasmariog
Hace 27 años, esta frase retumbaba por las salas cinematográficas. David Fincher, en su cuarta película —basada en la novela homónima de Chuck Palahniuk—, nos lleva por un viaje del “yo, el ello y el superyó”.
Es la manera en la que Freud y Nietzsche hubieran tenido una plática con mucho orgullo, ingiriendo absenta, que a la postre resonaría como un filme de culto.
Fincher nos muestra una sociedad al borde del cambio de siglo y de milenio. Con MTV en su apogeo, el grunge habiendo marcado a una generación, The Sopranos reventando HBO y The Simpsons marcando un hito en la televisión, la permisiva década de los 90 llegaba a su final para darle inicio a un mundo desconocido.
Según Fincher, este nuevo mundo era totalmente predecible, así como aburrido, justo como el protagonista. Él mismo va a un club de moribundos para sentirse algo vivo, atrapado en una sociedad alienada para mantener el status quo y vivir el sueño de unos padres ausentes; una generación de niños adultos siendo robots vivientes.
Es justo ahí cuando nuestro protagonista (Edward Norton) conoce en un viaje de negocios a Tyler Durden (Brad Pitt). Es en este punto donde todo se descontrola. El protagonista no solo se queda sin casa, puesto que una fuga de gas hace explotar la misma, sino que se va a vivir con Tyler Durden.
Allí obtiene una revelación personal: además de tener una epifanía física, obtiene una mental. Vuelve a su estado más primitivo, al grado de encontrarse a sí mismo creando el infame Fight Club. Claro que esto no sería un circo de tres pistas sin el elemento amoroso, el cual introduce de manera desbocada Marla Singer (Helena Bonham Carter).
Llegando a este nivel de complejidad, tenemos a una femme fatale y a muchos antihéroes, acompañados por la cinefotografía de Jeff Cronenweth en un maravilloso low-key.
Insertando cuadros dentro del fotograma fílmico (recordemos que el cine corre a 24 cuadros por segundo), que no entendemos pero percibimos, y aunado a esta espiral de confusión, amor, pasión y muchos golpes, Fight Club evoluciona a Proyecto Mayhem.
La única diferencia es que, en lugar de tener un club clandestino de pelea, se crea un club clandestino de sabotaje y destrucción de empresas, corporaciones bancarias y de información personal (el sueño de muchos, el terror de pocos).
Justo cuando creíamos que todo este crisol de egos y alter egos tenía sentido, nos damos cuenta de que el protagonista y Tyler Durden hacen un cambio de timón en plena tormenta.
Querido lector, no voy a arruinar el plot twist de este filme de culto; solo diré que no hay mejor manera de escuchar a Pixies con Where Is My Mind? que sintiéndonos un poco básicos y volviendo a nuestra caverna para encontrar nuestro superyó.
