Sampayo y el arte de no decir que sí
Sección Editorial
- Por: Protágoras Tamaulipeco
- 19 Junio 2026, 04:50
Hay una frase que en la política mexicana funciona como llave maestra: “si la sociedad civil me lo pide”. La sacó Ramón Sampayo ayer en Matamoros, y conviene traducirla, porque no quiere decir lo que parece.
Pongámoslo fácil. Cuando un político jura que no busca el cargo “pero si insisten…”, hace lo mismo que el invitado que dice no tener hambre y se sirve tres veces. Sampayo no abrió la puerta: la dejó entreabierta para ver quién la empuja. Es un globo sonda: si flota, despega; si se desinfla, él nunca dijo que sí.
Para entender la jugada hay que abrir el expediente. En 1995, Sampayo ganó la alcaldía con la camiseta del PAN por un margen apretado, 58 mil votos contra 53 mil del PRI, y gobernó de 1996 a 1998. Fue de los primeros panistas en arrebatarle la ciudad al tricolor. Pero la historia tiene letra chica: al terminar su trienio, Matamoros regresó al PRI, y no por poco, sino casi dos a uno.
El péndulo que lo subió fue el mismo que tumbó a su partido. Esa memoria pesa, porque el matamorense ya aprendió que ganar no es lo mismo que dejar casa ordenada. Del otro lado del cuadrilátero está Lety Salazar, y subestimarla sería un error de novato. En 2013 se convirtió en la primera mujer en gobernar Matamoros, y no llegó raspando: arrasó con casi 97,000 votos contra 71,000, la victoria panista más holgada que recuerde la ciudad.
Hoy carga señalamientos, de la Auditoría Superior, del caso Hércules, pero esos golpes no se le pegan: en la calle sigue gozando de cariño y simpatía. Es de esas figuras de teflón a las que el expediente no les borra el voto. Su fuerza no está en los papeles; está en la gente. Y aquí el punto ciego que pocos quieren nombrar: la pelea que abre Sampayo no es contra Morena. Es contra los suyos. Hace tres décadas, él y los Salazar jugaban en el mismo equipo, fueron parte de la fórmula que destapó al PAN local.
Hoy se disputan la misma herencia. Sampayo se presenta limpio, hablando de lo que duele, extorsión, cobro de piso, inseguridad, pero enfrente no tiene a una rival en caída: tiene a alguien que el electorado todavía quiere. No es llegar tarde a una fiesta vacía; es tocar la puerta de una casa donde la dueña aún manda.
El riesgo para el PAN es de manual: dos panistas no-cabecistas peleándose por el mismo cuarto pueden terminar regalándole la casa al vecino. Mientras ellos afilan cuchillos, Morena mira cómodo desde la otra acera.
La pregunta no es si Sampayo quiere ser candidato. Quiere. Es si el panismo matamorense entendió que, esta vez, la verdadera elección empieza en casa.
EL NOMBRAMIENTO Y LA PRUEBA DE FUEGO
En Tamaulipas, cada vez que se mueve una pieza en la Fiscalía pasa lo mismo: discurso impecable, promesa de “fortalecer la justicia” y un comunicado que se lee bonito. José Ives Soberón Mejía acaba de asumir la Vicefiscalía de Litigación y, como manda el guion, prometió legalidad, humanismo y respeto a las víctimas.
Hasta ahí, todo en orden. Pero permítame el lector una pregunta incómoda: ¿cuántas veces hemos oído exactamente lo mismo? El punto ciego está justo ahí. La justicia no se mide por currículums, y el suyo es sólido, sino por resultados.
Un vicefiscal de litigación es, en los hechos, quien pone la cara en los juicios: si los gana, hay justicia; si los pierde por un error, el delincuente sale a la calle y la víctima se queda con el agravio. Es como un cirujano: el título tranquiliza, pero lo que importa es que el paciente salga vivo del quirófano.
Tamaulipas arrastra miles de carpetas, desaparecidos y familias esperando. Su discurso ya lo escuchamos. Ahora viene lo difícil: que hablen las sentencias, no los boletines.
¡¡Yássas!!
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