DÍA 8: México salió en Guadalajara con el impulso de una nación detrás. Corea llegó con la disciplina y la resistencia de un ejército en campaña.
Fue una noche tensa. Una de esas noches en las que el reloj parece avanzar más lento y cada ataque carga el peso de millones de expectativas. Corea convirtió el partido en una batalla de paciencia. Cerró espacios, defendió con orden y obligó a México a encontrar respuestas una y otra vez.
Fue necesario contener la respiración durante todo el primer tiempo. Y parte del segundo. Hasta que al minuto 50, el estadio descargó un suspiro de fe.
Una bocanada de esperanza cayó sobre el portero Kim Seung-gyu. La pelota quedó viva. El instante quedó suspendido. Y Romo apareció para empujarla hacia la red. Ese balón lo tiró el estadio, o tal vez, un soplo divino.
No fue sólo un gol.
Fue el momento en que toda una nación jaló aire y volvió a respirar con esperanza.
Los asiáticos defendieron con valentía. Pero esta vez el muro terminó cediendo ante la presión constante de un estadio entero.
México ganó una batalla incómoda, una de esas victorias que no se recuerdan por la espectacularidad, sino por el carácter.
El Tri emprende ahora el viaje de regreso a la capital asegurando dos juegos más en el Estadio Azteca. El primer lugar de grupo está asegurado, porque el primer criterio de desempate es el resultado entre los equipos involucrados en la igualada, y ahí, México se impuso a Corea del Sur.
Y mientras la Copa del Mundo sigue su marcha, México vuelve a casa con algo más valioso que tres puntos:
La certeza de que, cuando llegó la hora de sufrir, supo resistir. Y cuando llegó la hora de creer, encontró la recompensa.
