A partir de hoy y hasta el 31 de agosto, se reducirán carriles por las obras de las Líneas 4 y 6 del Metrorrey.
En tramos de Gonzalitos y de la avenida Miguel Alemán se restringirá momentáneamente el tráfico para avanzar en cimentaciones, columnas y estaciones.
Según algunos activistas quejosos, la medida de restringir es una metida de pata.
En realidad, los ignorantes son ellos. No miran más allá de las próximas dos semanas.
El costo de no terminar estas obras es mucho mayor que el de limitar unos días el flujo vehicular.
Les guste o no a los pseudoactivistas, pronto habrá Líneas 4 y 6.
Y será la expansión más importante del sistema de transporte colectivo en más de una década.
La Línea 6 conectará el Hospital de Ginecología y el Parque Fundidora con Guadalupe, San Nicolás, Apodaca y el Aeropuerto Internacional.
Moverá alrededor de 120,000 pasajeros diarios, así que conviene tolerar las eventuales inconveniencias que los pseudoactivistas ven como si fueran una mala planeación. Están equivocados.
Uno de los más grandes urbanistas modernos, Jan Gehl, dice que las ciudades que se modernizan con nuevas líneas del Metro deben obligarnos a reevaluar nuestra forma de pensar.
Otro teórico urbanista, David Harvey, señala que las metrópolis no evolucionan hacia modelos de mayor capacidad sin una fase de inconveniencias momentáneas del orden espacial anterior. Cualquier cirugía a un paciente genera molestias. El beneficio para la salud bien vale las molestias.
Hay inconveniencias inevitables que merecen ser toleradas. Si eso no lo entienden los pseudoactivistas, allá ellos.
Tienen derecho a exigir y protestar por todo. Pero convertir cada restricción de carriles en un argumento para detener los proyectos de mejoramiento urbano es una forma de miopía intencional.
Tolerar las molestias de las próximas semanas es una decisión racional a favor de un bien mayor: terminar las Líneas 4 y 6 para que, dentro de unos años, miles de regiomontanos puedan moverse con menos tiempo perdido, menos dependencia del auto y más opciones reales.
El precio del caos coyuntural se paga una sola vez. El precio de no construir se paga todos los días.
