Hay algo particularmente fascinante en México que, me parece, los mexicanos todavía no terminamos de reconocer.
Quizá este Día de Muertos que acabamos de vivir, con sus deslumbrantes eventos y coloridas imágenes que le dieron la vuelta al mundo, sea una buena ocasión para reflexionar sobre ello.
No cabe duda de que esta celebración, que alguna vez fue vista desde el extranjero como una tradición extraña y hasta incomprensible, se ha convertido en uno de los grandes símbolos de México ante el mundo.
Los altares, las flores de cempasúchil, las catrinas y esa extraordinaria manera de recordar a nuestros muertos con una mezcla de nostalgia, alegría y fiesta despiertan hoy una fascinación internacional difícil de ignorar.
Pero me parece que detrás de esa fascinación existe algo más profundo. Algo que habla de cómo somos los mexicanos. Algo que también pudimos observar, por ejemplo, durante el Mundial de Futbol de este año, que tuvo como una de sus sedes a nuestro país.
Durante aquellas semanas, los visitantes extranjeros descubrieron no solamente nuestras ciudades, nuestra gastronomía y nuestras tradiciones, sino también algo que quizá sea todavía más valioso: la manera de ser de los mexicanos.
Nuestra facilidad para hacer fiesta, para recibir al desconocido como amigo, para compartir lo nuestro y mostrar con entusiasmo aquello que nos enorgullece.
Esa necesidad casi espontánea de decirle al extranjero: “Ven, te voy a enseñar lo bonito que tenemos”, y hacerlo con orgullo, pero generalmente sin arrogancia, porque hay algo muy peculiar en nuestra idiosincrasia.
Me atrevo a decir que el mexicano suele tener una extraordinaria capacidad para disfrutar la vida, incluso cuando las circunstancias no son particularmente favorables.
Podemos enfrentar problemas económicos, inseguridad, preocupaciones y muchas razones para quejarnos. Y, sin embargo, encontramos motivos para reunirnos, reírnos de nosotros mismos y celebrar.
No se trata de romantizar nuestras dificultades, pero sí podemos reconocer en muchos de nosotros una mezcla de hospitalidad, generosidad, sentido del humor y optimismo.
Ahora, pregunto: ¿Qué estamos haciendo los mexicanos con ese enorme capital de simpatía que nuestro país despierta en el extranjero?
Es una simpatía que puede convertirse en una poderosa ventaja para atraer inversiones, fortalecer nuestras relaciones internacionales, abrir mercados y proyectar al mundo nuestros productos, empresas, talento y creatividad.
Los países no compiten únicamente con infraestructura, tecnología o recursos naturales. También lo hacen con su reputación, su cultura y la confianza que inspiran, que es donde México tiene una riqueza extraordinaria.
Sería maravilloso que el orgullo de ser mexicanos no se limitara a celebrar nuestras tradiciones, sino que se tradujera también en mayor confianza para emprender, innovar, competir y conquistar mercados internacionales.
Por supuesto, nada de esto sustituye la necesidad de combatir la violencia, la corrupción o la desigualdad. Pero sin que eso mine de más nuestra confianza.
Quizá el mayor obstáculo para aprovechar este momento sea que nosotros mismos seguimos acostumbrados a mirarnos principalmente a través de nuestros defectos.
El mundo descubre lo mucho que México tiene para ofrecer, pero nosotros malamente parecemos dudar demasiado de nuestras propias capacidades.
Para mí, México tiene por delante una oportunidad histórica: el mundo parece estar creyendo cada vez más en México.
Ya es hora de que los mexicanos también nos lo creamos.
