¿Se acabó el superpeso?
Sección Editorial
- Por: Guillermo Barba
- 28 Septiembre 2026, 00:00
El dólar volvió a subir y reaparecieron los funerales del llamado “superpeso”. Después de haber cotizado por debajo de 17 unidades, cerró la semana pasada en $17.68 pesos por dólar. De inmediato surgieron las preguntas: ¿se acabó la fortaleza de la moneda mexicana?, ¿estamos frente al inicio de una depreciación mucho mayor? No tan rápido.
Conviene poner las cosas en perspectiva.
Ni México tenía un “superpeso” cuando el dólar cayó por debajo de 17, ni puede concluirse ahora que nuestra divisa entró en crisis porque haya regresado a $17.68. Hace un año el tipo de cambio estaba incluso por encima de los niveles actuales y durante este mismo 2026 llegó a superar nuevamente los $18 pesos por dólar. Lo observado hasta ahora parece más una corrección temporal que un cambio estructural de tendencia.
Sí existen, sin embargo, razones importantes detrás de este movimiento.
La Reserva Federal de Estados Unidos elevó la semana antepasada su tasa de interés en 25 puntos base, hasta un rango de 3.75 a 4 por ciento. Banxico, en cambio, decidió mantener su tasa objetivo en 6.50 por ciento. Eso llevó el diferencial entre ambas tasas a un mínimo histórico de 2.50 puntos porcentuales.
Ese diferencial importa porque durante años el mayor rendimiento ofrecido en México contribuyó al atractivo de los activos denominados en moneda nacional. Ahora esa ventaja relativa es menor y con ella también una de las fuerzas financieras que habían favorecido su apreciación.
Pero atribuir todo lo sucedido a Banxico y la Fed sería quedarse sólo con una parte de la historia.
El costo del dinero ya venía aumentando en los mercados de bonos. Los gobiernos necesitan enormes cantidades de capital para financiar déficits y refinanciar su deuda, mientras las grandes compañías tecnológicas demandan inversiones extraordinarias para infraestructura, centros de datos e inteligencia artificial. Todos compiten por los recursos de los inversionistas, lo que ha elevado los rendimientos de los papeles de deuda.
En Estados Unidos, por ejemplo, el rendimiento del bono del Tesoro a diez años ya rondaba 4.8 por ciento antes de la última decisión de política monetaria, mientras los plazos de 20 y 30 años superaban el 5 por ciento.
Desde esa perspectiva, la Reserva Federal no está a la vanguardia, sino a la zaga.
Los mercados ya habían comenzado a encarecer el dinero prestado y la Fed terminó acompañando ese movimiento con su propia alza a su rango objetivo de tipos de interés. En ese sentido, la Fed satisfizo a los mercados financieros al reconocer una realidad que ya se estaba imponiendo en los rendimientos de largo plazo.
La decisión, por tanto, tiene un claro carácter reactivo.
Y precisamente ahí aparece el riesgo de que termine siendo un error.
A las presiones financieras se suma un choque energético relacionado con las tensiones geopolíticas en Medio Oriente. Petróleo y combustibles más caros pueden trasladarse posteriormente al transporte, los fertilizantes y los alimentos.
Subir las tasas no produce más petróleo, no aumenta la disponibilidad de diésel, no fabrica fertilizantes ni resuelve un conflicto geopolítico. Sí puede, en cambio, encarecer el crédito, frenar inversiones y enfriar el consumo.
La propia Reserva Federal reconoce que la economía estadounidense continúa expandiéndose a un ritmo sólido, que el gasto interno se mantiene resistente y que la inversión de capital sigue siendo robusta. Al mismo tiempo, justificó el aumento por una inflación que permanece elevada.
Si una parte importante de las nuevas presiones sobre los precios proviene de restricciones de oferta, existe el riesgo de utilizar una herramienta monetaria que termine provocando una desaceleración económica innecesaria sin corregir la causa original del problema.
Y las consecuencias no quedarían encerradas dentro de Estados Unidos.
La economía mexicana mantiene una profunda integración productiva y comercial con la estadounidense. El sector exportador continúa mostrando fortaleza y Estados Unidos sigue siendo, por amplio margen, su principal destino: sólo en julio, las exportaciones no petroleras mexicanas hacia ese país superaron los 68 mil millones de dólares.
Una desaceleración estadounidense provocada o agravada por tasas excesivamente altas significaría menor demanda externa, menos dinamismo manufacturero y un riesgo adicional para la actividad económica nacional.
Por eso, el comportamiento del tipo de cambio durante los próximos meses dependerá en buena medida de circunstancias fuera del control de Banxico.
Una será la evolución de las tensiones geopolíticas y su impacto sobre los energéticos. Si disminuyen, parte de la presión reciente podría desaparecer y no sería extraño volver a observar cotizaciones más cercanas a 17 por dólar.
La otra será la trayectoria de las tasas estadounidenses. Una cosa es que el aumento de septiembre resulte aislado y otra muy diferente si esto marca un nuevo ciclo alcista que se prolongue durante 2027.
Ese escenario sería considerablemente más complicado para México: podría mantener presión sobre el tipo de cambio y, al mismo tiempo, aumentar el riesgo de una desaceleración estadounidense con efectos sobre nuestra propia economía.
Por eso resulta prematuro enterrar al llamado “superpeso”, como algunos analistas, periodistas e influencers vaticinan. Sin embargo, al mismo tiempo hay asuntos más preocupantes para la economía mexicana y para el futuro de las finanzas públicas que el tipo de cambio.
A la posible desaceleración externa habría que agregar el deterioro del perfil macroeconómico nacional: una economía que crece de manera insuficiente y un déficit fiscal que permanece elevado. El propio Paquete Económico 2027 contempla Requerimientos Financieros del Sector Público equivalentes a 3.9 por ciento del PIB, esto es, un déficit que seguiría alto y que de continuar amenaza la calificación crediticia del país.
Por tanto, la combinación de bajo crecimiento, déficits persistentes y mayor costo del financiamiento sería mucho más delicada que una corrección temporal del dólar.
Así que: ni había un superpeso que celebrar ni hay todavía uno que enterrar. El verdadero reto será evitar que un entorno externo más adverso encuentre a México con poco crecimiento y unas finanzas públicas cada vez más presionadas por razones internas.
Compartir en: