La democracia en el mundo atraviesa un resquebrajamiento grave. En muchos países ha dejado de ser una aspiración para los pueblos y se ha convertido en una oclocracia, una tiranía de masas.
Ben Ansell, en su libro Por qué fracasa la política, señala que existe una trampa en la democracia llamada “voluntad del pueblo”.
La voluntad del pueblo sólo existe cuando las personas se ponen de acuerdo en los temas públicos. Es imposible que el pueblo, sea bueno y sabio o simple pueblo, logre acordar los grandes temas de su comunidad, ni los del barrio o colonia, menos los del municipio, estado o país.
Es demagogia hablar de la voluntad del pueblo como un axioma. Poner a todo el pueblo de acuerdo en los grandes temas, es una utopía; sin embargo, la construcción de consensos no es imposible, depende de la voluntad de todos para avanzar y ceder, para ganar y perder. Es lo que llamaríamos en teoría política la democracia representativa de mayorías con inclusión de las minorías.
La democracia actual es de tipo representativo, es decir, en grupos pequeños se elige a un representante que ha de hablar por todos en las grandes discusiones que se vinculan al bien común.
En el Poder Legislativo se opera bajo el principio de grupos iguales, es decir, partidos políticos, lo cual no implica conflicto por ser diferentes; significa que, a partir de un gran interés mayor, se buscan los consensos, construir acuerdos donde se ceda sin perder la esencia de lo esperado.
Como ya se debió deducir, la voluntad del pueblo no existe, es una falacia populista, lo que es real es la representación de ese pueblo expresada en el Poder Legislativo, en cada diputada o diputado surgido de un grupo específico de personas. Pero aquí radica un primer problema: los diputados que representan a la población de un territorio determinado, con gran frecuencia no viven en él, no lo conocen, nunca lo han recorrido; buscan el voto porque su partido los manda a contender por ese territorio electoral en específico.
En estas condiciones, para que sea real, legal y legítima la representación popular, esos legisladores deberían verdaderamente representar al pueblo, bueno, a la fracción de pueblo de su territorio electoral.
La voluntad del pueblo podría aplicar si se logran al menos tres condiciones insustituibles. Primero, que los representantes populares surgidos de los pequeños grupos llamados distritos en realidad representen los intereses de ese grupo.
Segundo, que los representantes populares en realidad sean eso y no peones de sus partidos y líderes. Que entiendan la importante labor que desempeñan en bien del pueblo y dejen de pensar en el siguiente hueso, perdón, cargo.
Tercero, que en la máxima tribuna donde se expresa la voluntad del pueblo, las discusiones sean por el bien del pueblo, sin importar si son de la derecha, del socialismo, la socialdemocracia o incluso surgidas del pragmatismo puro.
A los tres requisitos agregaría que aquello votado en el Poder Legislativo tenga el consenso de las mayorías en su territorio electoral o distrito.
La voluntad del pueblo es una utopía. Primero, porque es imposible la democracia directa donde se reúne al pueblo en totalidad, lo que nos deja la representación por grupos territoriales. Es una utopía porque los representantes populares no representan al sector de pueblo que los votó.
La democracia y la política están en crisis porque se pondera el interés personal o de grupo por encima del bien mayor de la sociedad. ¡Ojalá regresara la política a los espacios políticos!
