Ser del centro
Sección Editorial
- Por: Francisco Gómez
- 08 Octubre 2026, 00:00
1. La mamá de un amigo sacerdote, fallecidos ya ambos, decía con orgullo de su vástago: “Mi hijo no es de izquierda ni de derecha, sino de la Doctrina Social de la Iglesia”. La señora participaba de una tesis muy asumida: un buen católico no se identificaba con ninguno de los polos en las disputas ideológicas y políticas, y normaba su comportamiento por los dictados de sus autoridades religiosas. “Quien obedece no se equivoca”, remataba con ese inmovilista refrán, y tal sometimiento le permitía al heredero situarse en un hipotético centro, sin compromiso con los extremos.
2. En horizontes más laicos, a una persona que también quisiera escapar de tal dicotomía se le decía “centrada”, tomando como una alabanza el epíteto, pues evocaba lejanía de posiciones radicales. Quien se colocaba en el centro, de acuerdo con esta valoración positiva, hacía gala de sensatez y moderación, de pluralidad e inclusión a la hora de juzgar los fenómenos sociales. Dialogante con ambas orillas del río, abrevaba de sus aguas lo mejor que ofrecían las dos, sin negarse a levantar críticas puntuales a sus excesos. “Ser del centro” era garantía de imparcialidad y neutralidad.
3. Pero, como ya he mencionado en otras entregas, la división —ilustrada por Norberto Bobbio— que nació de manera accidental, durante los inicios de la Revolución Francesa en 1789, cuando los delegados a la Asamblea Nacional que pertenecían a la aristocracia se ubicaron geográficamente a la derecha en el recinto, mientras que a la izquierda se situaron los autollamados patriotas, poco a poco se fue diluyendo, y el caso mexicano es una diáfana prueba de ello. ¿Es de izquierda la autollamada 4T? ¿Todos sus críticos son de derecha? Esos epítetos ya no califican ni a una ni a otros.
4. Ahora bien, uno supondría que tal difuminación generaría un movimiento hacia el centro, buscando crear puentes de contacto entre ambos litorales del espectro social. No ha sido así, y tanto en lo político como en lo económico y lo cultural, asistimos a constantes confrontaciones en las que ya no importa vencer convenciendo y la polarización priva sobre el acuerdo consensuado. La agresividad y la virulencia parecieran las nuevas virtudes de los personajes públicos, con mayorías —vaya paradoja— dispuestas a aplaudirles.
5. Si ser “de centro” representaba mesura y comedimiento, cortesía y urbanidad, hoy quien se quiera colocar en ese hipotético sitio será acusado de cobarde y mojigato, incapaz de optar por una causa y de definirse por un determinado proyecto. Escuchar propuestas ajenas ya no es opción, mientras que cada vez se impone más el pisotear a los adversarios para saciar la sed de superioridad y mantenimiento en el poder. Pareciera que lo importante ya no es construir, sino destruir, gritar en vez de susurrar, confrontar sobre armonizar.
6. Pero, en medio de este sombrío ambiente —¿acaso amanecí pesimista?— celebro conocer muchas personas que no se creen infalibles, escuchadoras y buenas para conversar, ponderadas, aunque firmes en sus convicciones, pero dispuestas a cuestionarlas, pues no están casadas con ellas. No son tibias, sino apasionadas, muy humanas y trascendentes. Quizá no sean “de centro”, pero son equilibradas, se les nota la paz interior y gozan de claridad mental. Como huracanes, son potentes, pero su centro está en calma. Si conoce a alguien así, acerquésele.
7. Cierre icónico. El 22 de marzo de 1968 se desató un movimiento estudiantil en la Universidad de Nanterre, cerca de París, y se intensificó el 3 de mayo con la ocupación de la Sorbona. Se le conoció como el Mayo francés o el Mayo del 68. Hoy los galos vuelven a la carga revolucionaria. En estos días nos enteramos de manifestaciones juveniles para exigir un sistema educativo mejor financiado por el gobierno. Es curioso que las protestas surjan después de la reciente visita del Papa León XIV. No hay relación entre ambas… ¿o sí?
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