Opinión

Siguiendo al papa. DeL 23 al 28 de mayo del 2026

Sección Editorial

  • Por: Anam Cara
  • 29 Mayo 2026, 00:00

El Papa León XIV: Exhorto, a todos aquellos que están llamados a preparar la celebración de los divinos misterios, en particular a los sacerdotes que ejercen el ministerio de la presidencia litúrgica, a custodiar siempre ese respeto de los textos y de los ordenamientos de la liturgia que nace de la actitud interior de disponibilidad y de entrega a Dios, manifestando humildad frente a su grandeza y fidelidad sincera a la comunión eclesial.

Queridos hermanos y hermanas, en la Encíclica Mediator Dei, el Venerable Pío XII escribe que la Iglesia, en realidad, es un organismo vivo, y por eso crece y se desarrolla también en lo que toca a la sagrada liturgia, adaptándose a las circunstancias y a las exigencias que se presentan en el transcurso del tiempo y acomodándose a ellas (I,V).

En continuidad con este principio, el Concilio Vaticano II en la Constitución Sacrosanct um Concilium (SC) reconoce que le corresponde de un modo particular proveer a la reforma y al fomento de la Liturgia (n. 1).

De hecho, la asamblea conciliar se había reunido con el objetivo de acrecentar de día en día entre los fieles la vida cristiana, adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones que están sujetas a cambio, promover todo aquello que pueda contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo y fortalecer lo que sirve para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia (ibid.).

En aquel momento histórico se advertía fuertemente la necesidad de una renovación de las formas rituales, mediante las que desde hacía siglos la Iglesia había realizado la glorificación de Dios y la santificación del pueblo cristiano.

Para favorecer el acceso de los fieles a la riqueza de los dones de gracia dispensados por la sagrada liturgia, la Constitución Sacrosanctum Concilium indica, con una fórmula muy eficaz, la dirección a seguir: Conservar la tradición y apertura al legítimo progreso (SC, 23).

El Papa Benedicto XVI acogió en esta declaración de intenciones el programa de reforma de los Padres conciliares, en equilibrio con la gran tradición litúrgica del pasado y el futuro. No pocas veces se contrapone de manera torpe tradición y progreso.

En realidad, los dos conceptos se integran: la tradición es una realidad viva y por ello incluye en sí misma el principio del desarrollo, del progreso. Es como decir que el río de la tradición lleva en sí también su fuente y tiende hacia la desembocadura.

El Concilio afirma la legitimidad de ese proceso arraigado en la auténtica Tradición, distinguiendo dentro de la liturgia una parte que es inmutable

por ser la institución divina de otras partes sujetas a cambio, que en el decurso del tiempo pueden y aún deben variar, si es que en ellas se han introducido elementos que no responden bien a la naturaleza íntima de la misma Liturgia o han llegado a ser menos apropiados (SC, 21).

A lo largo de los siglos se han producido constantemente cambios de este tipo, con el fin de consentir a los fieles una fructuosa participación, por medio de las acciones rituales, en el ministerio pascual de Cristo, fundamento de la fe cristiana.

El culto de la Iglesia, por lo tanto, se ha “encarnado” en las formas culturales de cada época y ha sido capaz de influir en ellas e incluso de transformarlas.

La liturgia ha sido así, durante siglos, un motor de evangelización. Hoy es necesario renovar esta energía en continuidad con la auténtica y viva tradición católica, es decir, según una dinámica dirigida a introducir a los creyentes en la plenitud de la verdad."

Se comprende entonces por qué los Padres conciliares recomendaron la revisión de los ritos, cuando responda a una utilidad verdadera y cierta de la Iglesia, se lleve a cabo después de haber tenido la precaución de que las nuevas formas se desarrollen, por decirlo así, orgánicamente a partir de las ya existentes (SC, 23).

Por el bien de toda la Iglesia, toda reforma debe ir siempre precedida por una concienzuda investigación teológica, histórica y pastoral (ibid.).

El Magisterio conciliar, de este modo, invita a evitar desorientar a los fieles, disuadiendo a cualquiera de añadir o quitar o modificar algo, en materia litúrgica, por iniciativa propia (cf. SC, 22).

El progreso evocado por la Constitución conciliar no compromete en absoluto la comunión eclesial: más bien pretende confirmarla y favorecerla.

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