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Opinión

Siguiendo al Papa. Del 30 de Enero al 25 de Febrero, 2026

Siguiendo al Papa

El Papa León XIV: El origen divino de la escritura recuerda que el Evangelio, encomendado al testimonio de los bautizados, incluso al abrazar todas las dimensiones de la vida y de la realidad, las trasciende: esto no se puede reducir a un mero mensaje filantrópico o social, sino que es un anuncio alegre de la vida plena y eterna que Dios nos ha donado en Jesús.

Queridos hermanos y hermanas, la Constitución conciliar Dei Verbum indica que la Sagrada Escritura, leída en la tradición viva de la Iglesia, es un espacio privilegiado de encuentro en el que Dios sigue hablando a los hombres y a las mujeres de todos los tiempos, para que, escuchándolo, puedan conocerlo y amarlo.

Los textos bíblicos, sin embargo, no fueron escritos en un lenguaje celestial o sobrehumano. Dios elige hablar usando lenguajes humanos y, así, diferentes autores, inspirados por el Espíritu Santo, han redactado los textos de la Sagrada Escritura.

… A lo largo de la historia de la Iglesia, se ha estudiado la relación que se produce entre el autor divino y los autores humanos de los textos sagrados. Durante muchos siglos, muchos teólogos se han preocupado por defender la inspiración divina de la Sagrada Escritura, casi considerando a los autores humanos sólo como instrumentos pasivos del Espíritu Santo.

En tiempos más recientes, la reflexión ha revalorizado la contribución de los hagiógrafos en la redacción de los textos sagrados, hasta el punto de que el documento conciliar habla de Dios como “autor” principal de la Sagrada Escritura, pero llama también a los hagiógrafos “verdaderos autores” de los libros sagrados (cfr DV, 11).

Como observaba un agudo exégeta del siglo pasado, “rebajar la operación humana a la de puro amanuense no es glorificar la operación divina”. ¡Dios no mortifica nunca al ser humano y sus potencialidades!

Por tanto, si la Escritura es palabra de Dios en palabras humanas, cualquier aproximación a ella que descuide o niegue una de estas dos dimensiones resulta parcial.

De ello se desprende que una correcta interpretación de los textos sagrados no puede prescindir del ambiente histórico en el que estos han madurado y de las formas literarias utilizadas; es más, la renuncia al estudio de las palabras humanas de las que Dios se ha servido, corre el riesgo de dar lugar a lecturas fundamentalistas o espiritualistas de la Escritura, que traicionan su significado.

Este principio vale también para el anuncio de la Palabra de Dios: si pierde contacto con la realidad, con las esperanzas y los sufrimientos de los hombres, si utiliza un lenguaje incomprensible, poco comunicativo o anacrónico, resulta ineficaz. En cada época la Iglesia está llamada a proponer de nuevo la Palabra de

Dios con un lenguaje capaz de encarnarse en la historia y de alcanzar los corazones.

Como recordaba el Papa Francisco, «cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual».

Igualmente reductiva es, por otra parte, una lectura de la Escritura que descuida su origen divino y termina entendiéndola como una mera enseñanza humana, como algo que debe estudiarse simplemente desde un punto de vista técnico o como sólo “un texto del pasado”.

Más bien, especialmente cuando se proclama en el contexto de la liturgia, la Escritura pretende hablar a los creyentes de hoy, tocar su vida presente con sus problemáticas, iluminar los pasos a seguir y las decisiones que tienen que asumir. Esto solamente es posible cuando el creyente lee e interpreta los textos sagrados bajo la guía del mismo Espíritu que los inspiró (cfr. DV, 12).

En este sentido, la Escritura sirve para alimentar la vida y la caridad de los creyentes, como recuerda san Agustín: “El que juzga haber entendido las divinas escrituras […], y con esta inteligencia no edifica este doble amor de Dios y del prójimo, aún no las entendió”.

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