Opinión

Siguiendo al Papa. Del 25 de septiembre al 1 de Octubre

Sección Editorial

  • Por: Anam Cara
  • 02 Octubre 2026, 00:00

El Papa León XIV: El tema de mi visita pastoral a Francia ha sido: Para que el mundo tenga vida (cf. Jn 6, 51). Son palabras de Jesús, que resumen toda su misión de salvación y que, durante el Viaje, expresaban en plenitud el sentido evangélico de cada encuentro.

AUDIENCIA GENERAL.

Queridos hermanos y hermanas, Hoy quiero hablarles del Viaje apostólico a Francia. Ha sido un gran regalo para mí y para el pueblo de Dios en ese país, y doy gracias al Señor.

Quisiera recoger los pensamientos y las impresiones - todavía muy vivas - de esta Visita pastoral en torno a un único gran símbolo: la Catedral de Notre-Dame de París. Ahí, el primer día por la tarde celebramos las Vísperas de la Beata Virgen María, una liturgia solemne y al mismo tiempo festiva, en la que la música, el canto y la belleza del templo hacían vibrar a los corazones unidos en la oración. Precisamente Notre-Dame, con La Catedral de París, que hace sólo siete años parecía herida de muerte por un enorme incendio, ahora está reconstruida y luce más esplendorosa que nunca.

Su restauración fue una prueba de la posible colaboración entre Iglesia, Estado, instituciones públicas y sociedad civil. Esta dinámica ha permitido aprovechar al máximo tanto la generosidad de los benefactores como las competencias de los profesionales y los artesanos.

La sinergia en pro del bien común debería ser el estilo normal de las instituciones, de las fuerzas políticas y sociales, de cuantos tienen responsabilidades civiles y económicas.

Es el mensaje que he querido transmitir a las autoridades francesas, así como a los miembros de la UNESCO, Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura que tiene sede en París, indicando cuál es el criterio fundamental sobre el que basar esa colaboración: la dignidad de la persona humana.

Pero sobre todo, Notre-Dame es imagen de la Iglesia de piedras vivas, del pueblo santo de Dios. Es interesante poner en paralelo la celebración de las Vísperas en la Catedral con la Vigilia de los jóvenes que tuvo lugar esa misma noche en el gran Estadio de Francia en París.

Dos lugares completamente diversos y sin embargo, dos eventos complementarios, casi unidos espiritualmente. ¿Qué les unía? La Iglesia, que no está hecha de piedras o de cemento, sino de personas que aman a Jesucristo porque han sido amadas por Él.

En Notre-Dame estaban los sacerdotes y los diáconos, las personas consagradas, los operadores pastorales; en el estadio estaba la nueva generación francesa: nueva - diría - no solo por la edad, sino más aún por su espíritu, por la libertad de corazón y de fe.

Jóvenes que cantaron, gritaron, pero que también se quedaron

en silencio, en escucha. Rostros atentos y conmovidos, que manifestaban corazones deseosos de verdad y de amor.

A ellos les dije con alegría: ¡Vosotros sois los santos de Francia! Esa Vigilia fue una gran señal de esperanza. Así como lo fue - en la pequeñez que Dios prefiere - también el encuentro en la Maison Bakhita, casa de acogida para distintas personas en dificultad: uno de los muchos lugares, frutos del Evangelio, en los que se trabaja a diario para servir con amor a la dignidad de la persona humana.

Sin embargo, en la Iglesia en Francia hay una señal de renacimiento que perdura desde algunos años, es decir, el notable y creciente número de jóvenes y adultos que piden el Bautismo.

El evento culminante de mi visita a la capital fue la Misa en la Place de la Concorde. Ahí, la señal del renacimiento apareció de modo sorprendente: la asamblea litúrgica, que reunía a sacerdotes, el coro y una notable multitud en la vasta plaza, se extendía por toda la Avenue des Champs Élysées hasta el Arco del Triunfo y más allá.

En el momento de la Comunión todos pudieron acercarse a la Eucaristía. He aquí la verdadera reconstrucción, la restauración de la Iglesia que solo Dios puede hacer, por intercesión de la Virgen María.

Y por eso, era natural y correcto que después de París me dirigiera como peregrino a Lourdes, a venerar a la Madre de la Iglesia, María.

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