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Opinión

Siguiendo al papa. Del 3 al 9 de abril

Siguiendo al Papa

"El Papa León XIV: Todos los sacramentos, de forma emitente la Eucaristía, son alimento que hace crecer una vida santa, asimilando cada persona a Cristo… la santidad es, en esta óptica, un don suyo, que se manifiesta en nuestra vida cotidiana cada vez que lo acogemos con alegría y le correspondemos con compromiso”.

Queridos hermanos y hermanas, la Constitución del Concilio Vaticano II Lumen gentium (LG) dedica todo un capítulo, el quinto, a la universal vocación a la santidad de todos los fieles: cada uno de nosotros está llamado a vivir en la gracia de Dios, practicando las virtudes y conformándose a Cristo.

La santidad, según la Constitución conciliar, no es un privilegio para unos pocos, sino un don que compromete a todo bautizado a tender a la perfección de la caridad, es decir, a la plenitud del amor hacia Dios y hacia el prójimo.

La caridad es, de hecho, el corazón de la santidad a la que todos los creyentes están llamados: infundida por el Padre, mediante el Hijo Jesús, esta virtud «rige todos los medios de santificación, los informa y los conduce a su fin (LG, 42).

El nivel más alto de la santidad, como en el origen de la Iglesia, es el martirio, supremo testimonio de fe y de caridad (LG, 50)…

Todos los sacramentos, de forma emitente la Eucaristía, son alimento que hace crecer una vida santa, asimilando cada persona a Cristo, modelo y medida de la santidad.

Él santifica la Iglesia, de la cual es Cabeza y Pastor: la santidad es, en esta óptica, un don suyo, que se manifiesta en nuestra vida cotidiana cada vez que lo acogemos con alegría y le correspondemos con compromiso. A este respecto, San Pablo VI, en la Audiencia general del 20 de octubre de 1965, recordaba que la Iglesia, para ser auténtica, quiere que todos los bautizados deban ser santos, es decir, verdaderamente sus hijos dignos, fuertes y fieles.

Esto se realiza como una transformación interior, por lo que la vida de cada persona se conforma a Cristo en virtud del Espíritu Santo (cf. Rm 8,29; LG, 40).

La Lumen gentium describe la santidad de la Iglesia católica como una de sus características constitutivas, que debe acogerse en la fe, en cuanto se cree que es indefectiblemente santa (LG, 39): eso no significa que lo sea de forma plena y perfecta, sino que está llamada a confirmar este don divino durante su peregrinaje hacia la meta eterna, caminando entre las persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios (S. Agustín, De civ. Dei 51,2; LG, 8).

La triste realidad del pecado en la Iglesia, es decir, en todos nosotros, invita a cada uno a emprender un serio cambio de vida, encomendándonos al Señor, que nos renueva en la caridad. Precisamente esta gracia infinita, que santifica la Iglesia, nos confía una misión que debemos cumplir día tras día: la de nuestra conversión.

Por eso, la santidad no tiene solamente una naturaleza práctica, como si se pudiera reducir a un compromiso ético, por grande que sea, sino que concierne a la esencia misma de la vida cristiana, personal y comunitaria.

En esta perspectiva, un papel decisivo lo asume la vida consagrada, que se aborda en el capítulo sexto de la Constitución conciliar (cf. nn. 43-47). De hecho, señales del Reino de Dios, ya presente en el misterio de la Iglesia, son aquellos consejos evangélicos que dan forma a toda experiencia de vida consagrada: la pobreza, la castidad y la obediencia. Estas tres virtudes, son dones liberadores del Espíritu Santo, a través de los cuales algunos fieles se consagran totalmente a Dios.

La pobreza expresa la plena entrega a la Providencia, liberando del cálculo y del interés; la obediencia tiene como modelo la entrega de sí mismo que Cristo hizo al Padre, liberando de la desconfianza y del dominio; la castidad es la entrega de un corazón íntegro y puro en el amor, al servicio de Dios y de la Iglesia.

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