Opinión

Siguiendo al papa. Del 5 al 11 de junio

Sección Editorial

  • Por: Anam Cara
  • 12 Junio 2026, 00:00

El Papa León XIV: Mucho más que un monumento, la Basílica de la Sagrada Familia sigue siendo hoy una obra en construcción, que nos recuerda cómo la vida cristiana es siempre un camino, porque se trata de un proyecto que Dios lleva a cabo.

HOMILIA del Santo Padre. Basílica de la Sagrada Família (Barcelona).

En continuidad con la oración de mi predecesor, dentro de unos momentos bendeciré la torre más alta, la de Jesucristo.

Esta iglesia es un único edificio, compuesto por muchas piedras. Una casa que crece con constancia a lo largo de los años, siguiendo un mismo proyecto. Todos nosotros somos las piedras vivas de esta obra, que tiene a Cristo como fundamento y culmen, principio y fin.

Mucho más que un monumento, la Basílica de la Sagrada Familia sigue siendo hoy una obra en construcción, que nos recuerda cómo la vida cristiana es siempre un camino, porque se trata de un proyecto que Dios lleva a cabo.

No habitamos, pues, una obra inacabada, sino un templo aún en construcción. Su imperfección no es un defecto, porque da testimonio de un deseo; no significa una carencia, sino que expresa una promesa que queremos honrar con coherencia.

Nuestra gratitud se convierte entonces en compromiso, al tiempo que cooperamos en el proyecto de Dios, es decir, en la construcción a la que Él mismo nos llama.

Puesto que somos templo del Espíritu Santo (cf. 1 Co 6,16.19), esta obra coincide con nuestra vida, que Dios concibe como una obra maestra que debemos realizar juntos y nos llama a colaborar con Él (cf. 1 Co 3,9).

A este respecto, guardamos en nuestro corazón las palabras que el Señor dirigió al rey David: “¿Tú me vas a construir una casa para morada mía?” (2 Sam 7,5).

Al contrario, el Señor te anuncia que te va a edificar una casa (v. 11). Con este anuncio, la Escritura nos enseña que no somos nosotros quienes damos un lugar a Dios, como si fuera un elemento de una serie o parte de un todo mayor que Él.

Es Dios en cambio quien nos da un lugar, y el lugar que nos regala es su propio corazón: el lugar del Hijo, para nosotros que éramos extraños; el lugar del Amado, para nosotros que somos pecadores.

Esta voluntad suya se cumple a través de Jesús; podemos entonces comprender el sentido de lo que hemos escuchado en el Evangelio, cuando el Señor dice a los fariseos: “Si no creéis que ‘Yo soy’, moriréis en vuestros pecados” (Jn 8,24).

Palabras fuertes, que no son en absoluto amenazas, ni un chantaje. Son una invitación a la salvación, es decir, un llamamiento a la libertad por parte de Cristo, que quiere para nosotros el bien definitivo, eterno.

Ante la amenaza del mal, el Señor está siempre con nosotros, siempre a nuestro favor. “Yo soy”: este es el Nombre Santísimo que Dios entregó a Moisés desde la zarza ardiente, revelando su inquebrantable fidelidad. Hecho hombre, él se convierte para nosotros en el Emmanuel, fuente de gracia y perdón, de salvación y de vida nueva.

Es por ello que, si no creemos en Jesucristo, permanecemos en el pecado y no sólo morimos nosotros, sino que provocamos la muerte del prójimo.

Queridos hermanos, no podemos creer en Jesús y promover la guerra. No podemos creer en Jesús y matar al inocente incluso antes de que nazca. No podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria.

Es precisamente la fe la que da forma a las piedras y sentido al edificio que habitamos juntos.

En nuestra oración descubrimos, por tanto, el vínculo originario de las cosas con Dios, creador del cielo y de la tierra: Él es el artista que ha impreso su esplendor en el cosmos.

Creado a su imagen, el hombre responde a la obra de Dios con su propio ingenio: así es como el artista convierte el talento en alabanza y la creatividad en testimonio del mismo Creador.

Como arquitecto ardiente de fe, el venerable Antoni Gaudí concibió estos espacios con el deseo de narrar los misterios de la vida del Señor: de este modo nos ha propuesto una peregrinación espiritual, que conduce al encuentro con Cristo nacido, muerto y resucitado por nosotros.

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