Opinión

Siguiendo al Papa. Del 6 al 13 de marzo del 2026

Sección Editorial

  • Por: Anam Cara
  • 16 Marzo 2026, 00:00

El Papa León XIV: Es un gran signo de esperanza — sobre todo en nuestros días, atravesados por tantos conflictos y guerras — saber que la Iglesia es un pueblo en el que conviven, en la fuerza de la fe, mujeres y hombres de distinta nacionalidad, lengua o cultura: es un signo puesto en el corazón de la humanidad, llamada y profecía de unidad y de paz a la que Dios Padre llama a todos sus hijos.

Queridos hermanos y hermanas, continuando en la reflexión sobre la Constitución dogmática Lumen gentium (LG) hoy nos detenemos en el segundo capítulo, dedicado al Pueblo de Dios.

Dios, que creó el mundo y a la humanidad, y que desea salvar a todos los hombres, lleva a cabo su obra de salvación en la historia, eligiendo un pueblo concreto y habitándolo.

Por eso, él llama a Abraham y le promete una descendencia numerosa como las estrellas del cielo y la arena del mar (cf. Gen 22,17-18). Con los hijos de Abraham, después de haberlos liberado de la condición de esclavitud, Dios establece una alianza, los acompaña, los cuida y los recoge cada vez que se pierden.

Por ello, la identidad de este pueblo viene dada por la acción de Dios y por la fe en él. Está llamado a convertirse en luz para las demás naciones, como un faro que atraerá a todos los pueblos, a toda la humanidad (cf. Is 2,1-5).

El Concilio afirma que “todo esto sucedió como preparación y figura de la alianza nueva y perfecta que había de pactarse en Cristo y de la revelación completa que había de hacerse por el mismo Verbo de Dios hecho carne” (LG, 9).

Es, de hecho, Cristo quien, en el don de su cuerpo y de su sangre, reúne en sí mismo y de manera definitiva a este pueblo. Este está compuesto ya por personas procedentes de cualquier nación; está unificado por la fe en Él, por la adhesión a él, por vivir su misma vida, animados por el Espíritu del Resucitado.

Esta es la Iglesia: el pueblo de Dios que toma su propia existencia del cuerpo de Cristo [1] y que es él mismo el cuerpo de Cristo; [2] no un pueblo como los demás, sino el pueblo de Dios, convocado por Él y hecho de mujeres y hombres procedentes de todos los pueblos de la Tierra.

Su principio unificador no es una lengua, una cultura, una etnia, sino la fe en Cristo: la Iglesia es, por lo tanto, – según una espléndida expresión del Concilio – “una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz” ( LG, 9).

Se trata de un pueblo mesiánico, precisamente porque tiene por cabeza a Cristo, el Mesías. Quienes forman parte de él no presumen de méritos ni títulos, sino solo del don de ser, en Cristo o por medio de Él, hijas e hijos de Dios.

Estamos en la Iglesia para recibir incesantemente la vida del Padre y vivir como sus hijos y hermanos entre nosotros. En consecuencia, la ley que anima las relaciones en la Iglesia es el amor, así como lo recibimos y lo experimentamos en Jesús; y su meta es el Reino de Dios, hacia el cual camina junto a toda la humanidad.

Unificada en Cristo, Señor y Salvador de todos los hombres y las mujeres, la Iglesia no puede nunca estar replegada en sí misma, sino que está abierta a todos y es para todos.

El Concilio nos recuerda que “todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios. Por lo cual, este pueblo, sin dejar de ser uno y único, debe extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos, para así cumplir el designio de la voluntad de Dios, quien en un principio creó una sola naturaleza humana, y a sus hijos, que estaban dispersos” (LG, 13).

Incluso quienes no han recibido todavía el Evangelio están, de alguna manera, orientados al pueblo de Dios y la Iglesia, cooperando a la misión de Cristo, está llamada a difundir el Evangelio en todas partes y a todos (cf. LG, 17), para que cada uno pueda entrar en contacto con Cristo.

Esto significa que en la Iglesia hay y debe haber sitio para todos, y que cada cristiano está llamado a anunciar el Evangelio y a dar testimonio en todos los ambientes en los que vive y obra.

Así es como este pueblo muestra su catolicidad, acogiendo las riquezas y los recursos de las diversas culturas y, al mismo tiempo, ofreciéndoles la novedad del Evangelio para purificarlas y elevarlas (cf. LG, 13).

En este sentido, la Iglesia es una, pero incluye a todos.

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