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Opinión

Tabla de salvación

Columna Invitada

Desde la alternancia del 2000, ningún presidente hizo tanto como Enrique Peña Nieto para que su partido perdiera el poder, lo cual consiguió con creces; y ninguno ha hecho tanto como Andrés Manuel López Obrador para que el suyo lo conserve.

Este objetivo está más cerca de lograr que de frustrarse. Si Vicente Fox (priista embozado) conservó la presidencia con un candidato ajeno a su proyecto y afectos, no obstante haber tirado por la borda la oportunidad histórica para transformar el país, fue porque el statu quo movió cielo y tierra para imponer a Felipe Calderón, quien, con el mismo propósito (quitarse de encima a AMLO) le entregó el mando a Peña Nieto, marioneta de los mismos intereses.

Sin embargo, cuando los actores se repiten y el guion es el mismo, el público bosteza, deja de aplaudir y busca nuevas representaciones.

Pasa lo mismo en los comicios y con los electores. El presidente López Obrador cuenta en su nuevo libro –¡Gracias!– que en la sucesión de 2018 la angustia de los poderes fácticos fue tal que llegaron al extremo de sugerirle a Peña Nieto un golpe de timón: sustituir al candidato oficial, José Antonio Meade, por un comediante: Eugenio Derbez. Según AMLO, el presidente habría replicado: “Señores, por favor, sean serios”.

AMLO revela en el capítulo 17, titulado “El 1 de julio de 2018”, que un grupo de magnates [Claudio X. González (Kimberly Clark México), Carlos Slim (Grupo Carso), Eugenio Garza Herrera (Grupo Xignux), Alberto Bailleres (Grupo Bal), José Antonio Fernández (FEMSA), Daniel Servitje (Bimbo), Germán Larrea (Grupo México), Fernando Senderos (Grupo Kuo) y Valentín Diez Morodo (Grupo Modelo)] acordó en un conciliábulo aportar $1 millón de dólares cada uno para financiar una campaña contra el candidato de Morena.

El supuesto organizador de la conjura, Roberto Hernández (Citibanamex), habría elevado la puja a $5 millones de dólares. De ser cierta la versión, de nada valió, pues en vez de apagar el fuego, lo avivaron.

Los grupos de presión y sus adláteres han vuelto a recurrir a la misma burda estratagema para boicotear ahora a Claudia Sheinbaum: apoyar a una candidata débil afín a sus intereses y financiar campañas de desinformación, temor y desprestigio.

Para ellos es una apuesta: si ganan, recuperarán la inversión colmadamente. Pero si fracasan de nuevo, como ocurrió en 2018, perderán más influencia todavía y quedarán expuestos ante un Estado con mayor base social y menos sujeto a la oligarquía nacional y a sus socios extranjeros.

En su gira por Estados Unidos y España, la candidata del PRI, PAN y PRD, Xóchitl Gálvez, recurrió a esos factores como tabla de salvación. Sin embargo, los votos están en México.

Aunque en el pasado el presidente representaba una rémora para el candidato de su partido, el aparato se encargaba de ganar las elecciones.

La última vez ocurrió en 1994 cuando Ernesto Zedillo, a pesar de Salinas de Gortari, obtuvo una victoria holgada (23 puntos por encima de Diego Fernández de Ceballos). El PAN no pudo crear una maquinaria así de eficiente y por tanto tampoco logró conservar la presidencia.

El PRI, en su último aliento, la recuperó con Peña Nieto, sólo para volverla a perder seis años después, quizá definitivamente. López Obrador es para Morena su principal capital político.

Y para Claudia Sheinbaum, un aliado indispensable. La vieja partidocracia, como pasó en Francia, El Salvador, Chile y Colombia, entre otros casos, fue echada del poder por soberbia, por ignorar a las mayorías y por no ver la nueva realidad de sus países y del mundo.

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