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Opinión

Lo que fueron antes de ser

Protágoras

Me gusta imaginarlos peques. Antes de los discursos, antes de las bandas de poder, antes de que la política los volviera más serios de lo que necesitaban ser.

Hoy 30 de abril, cuando Tamaulipas se llene de globos y pasteles desordenados, pensar en sus políticos como niños no es un ejercicio sentimental: es uno honesto. 

Lo que somos a los siete años suele ser lo que terminamos siendo a los setenta, aunque nos lo digamos disfrazados. Veo a Américo Villarreal con un estetoscopio de juguete colgado al cuello, escuchándole el corazón al perro de la casa. Ese niño que jugaba a curar hoy gobierna un estado que durante años estuvo en terapia intensiva, y los signos vitales, hay que reconocerlo, han mejorado: los homicidios bajaron a niveles que parecían imposibles, la segunda línea del acueducto dejó de ser promesa, llegan inversiones que antes ni volteaban a vernos y la obra pública en los 43 municipios rompió récord histórico. El doctor sabe leer un electrocardiograma, eso quedó claro. Lo que a veces se le escapa, con todo y bata blanca, es que un paciente no solo se cura con cifras: también necesita que el médico se siente al borde de la cama y le explique, en cristiano, qué está pasando.  

Carmen Lilia Canturosas, en Nuevo Laredo, la imagino acomodando los lápices por color y exigiendo recibo cuando le prestaba uno a su hermano. Esa niña notaria, obsesionada con el orden, hoy presume calificación AAA y pasarela en la ONU. Su punto ciego, digámoslo bonito, es que a veces el orden perfecto deja afuera a quien no cabe en el archivero. 

Carlos Peña Ortiz debió ser ese niño de Reynosa que armaba puentes de palitos sobre los charcos. Estudió en Harvard y volvió a la frontera, donde los puentes verdaderos están hechos de algo más complicado que madera: se llaman confianza, y todavía le falta tramo por construir. 

Lalo Gattás seguro hacía maquetas de Victoria con cajas de zapatos, y hoy pavimenta la capital como si reordenara aquel cuarto de juegos; cuidado, alcalde, no toda ciudad cabe en una maqueta. 

Mónica Villarreal Anaya, en Tampico, era la niña que regaba el jardín del papá gobernador y aprendió pronto que un apellido florece, pero también puede pesar.

Y Beto Granados, en Matamoros, debió ser ese niño que rescataba el juguete olvidado bajo la cama, lo limpiaba y lo hacía brillar de nuevo; el que organizaba a los compañeritos de la primaria para los festejos del salón, porque entendía, sin saberlo todavía, que devolverle la alegría a una familia es una forma seria de gobernar. 

Hoy les regreso, por un día, a ese niño. Ojalá lo reconozcan en el espejo, y todavía mejor, ojalá lo escuchen. 

EL AGUA QUE NADIE QUISO VER

Hay comparecencias que iluminan y otras que, sin querer, dejan más sombras de las que disipan. La del secretario Raúl Quiroga ante el Congreso fue, quizá, de estas últimas, y conviene decirlo con respeto, pero con franqueza: cuando el funcionario describió a Tamaulipas como un estado “privilegiado” en materia hídrica, no se equivocó del todo, simplemente nos contó la mitad de la película. Porque mientras Vicente Guerrero descansa cómoda por encima del 55 por ciento y nos regala un promedio estatal que tranquiliza, los productores del norte tienen otros datos sobre la mesa, datos que duelen: la presa Falcón apenas alcanza el 4.3 por ciento, y 35 mil agricultores enfrentan lo que ellos mismos llaman el peor ciclo en medio siglo, con 456 mil hectáreas que este año, sencillamente, no pudieron sembrarse. 

Y aquí está lo que se quedó sin preguntar y sin responder: quince empresas concentran la mitad del agua que se extrae en el estado, mientras los compromisos del Tratado de 1944 vacían en silencio la Marte R. Gómez con desfogues que crecieron 800 por ciento en una sola semana. 

Tamaulipas, sin que lo nombremos todavía, ya se partió en dos mapas hídricos distintos, y esa fractura empieza a inquietar al campo.

¡¡Yássas!!

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