Hay lecciones que no acabamos de aprender. Eso no lo digo yo, sino un general brigadier con el que charlé ayer por la tarde.
Hace unas semanas, se detuvo a un cabecilla del huachicol en Nuevo León.
El 11 de mayo, en un operativo conjunto de Semar, SSPC, FGR y otras corporaciones, fueron capturados en San Pedro, Monterrey y Allende capos dedicados al huachicol fiscal.
El aseguramiento incluyó armas, drogas, dinero en efectivo y vehículos. Las autoridades consideraron esta acción como victoria rápida sin precedentes. La prensa norteña celebró el golpe a las “estructuras financieras de los cárteles”.
Esta captura, como tantas otras, ilustra lo que un general brigadier me compartió en una charla extraoficial: el combate al crimen organizado parte de una premisa estratégicamente equivocada. La cooperación entre EUA y México se ha basado en la ilusión de la “victoria rápida”, creyendo que la superioridad tecnológica y de inteligencia logrará un golpe decisivo.
Esto se concreta en la “Kingpin Strategy”, o estrategia de decapitación, enfocada en capturar líderes mediáticos.
Aunque genera éxitos tácticos y decomisos vistosos, fracasa a largo plazo porque trata a los cárteles como ejércitos convencionales, ignorando que en realidad operan como redes adaptativas y resilientes.
La detención de estos presuntos jefes criminales en Nuevo León es un paradigma de lo que no se debe hacer.
Se elimina a un operador visible, se muestran imágenes de aseguramientos espectaculares y se genera la narrativa de que “se está avanzando”.
Sin embargo, como me explicó el general, al eliminar a un líder la organización no se desmantela: se provocan guerras de sucesión y se fragmenta en cientos de células más letales.
Estos grupos compiten ferozmente por rutas y diversifican sus delitos hacia la extorsión, el robo de combustible —precisamente el huachicol fiscal que vimos en este operativo— y el control de mercados locales.
Además, los cárteles logran neutralizar la tecnología militar mediante seguridad operativa, redes de informantes y, sobre todo, la infiltración del Estado a través de la corrupción.
¿El resultado? Dice mi general: una prolongada guerra de desgaste donde el crimen organizado lleva la ventaja gracias a la relativa facilidad para reclutar en zonas marginadas de la zona citrícola para llevarlos al área metropolitana de Monterrey, y el financiamiento inagotable producto de la demanda de drogas en Estados Unidos.
En contraste, el gobierno sufre el verdadero desgaste: erosión de su legitimidad, escándalos de infiltración y una profunda fatiga social ante la militarización.
Por su posición logística, su cercanía con la frontera y su infraestructura de transporte, el noreste se ha convertido en nodo atractivo para estas redes que combinan huachicol tradicional, huachicol fiscal y estructuras empresariales fachada.
Los operativos de mayo —tanto el relacionado con José Antonio “N” como los cateos posteriores en San Pedro, Monterrey, Escobedo y Salinas Victoria— demuestran que las células y las empresas de cobertura siguen operando incluso después de cada “golpe”.
Capturar al operador de turno no desarticula el sistema de lavado, logística y corrupción que lo sostiene.
Perseguir victorias rápidas solo nos encamina hacia una derrota estratégica. Para lograr soluciones duraderas, dice mi general, es mejor abandonar la obsesión por los golpes mediáticos.
Esto exige pasar de la simple captura de capos al desmantelamiento sistémico de sus estructuras financieras y logísticas —incluyendo las empresas fachada, los operadores de buques y las redes de importación simulada—; sustituir la dependencia tecnológica por una verdadera presencia territorial e inteligencia humana comunitaria y combatir la corrupción.
El tiempo de los golpes quirúrgicos ya pasó. Sugiere mi general: urge una cirugía mayor del sistema que deja que estas redes sigan prosperando.
