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Opinión

La libertad que se ejerce preguntando 

Protágoras

Hay fechas que se celebran con discursos y otras que se honran con hechos. 

El Día de la Libertad de Expresión pertenece a las dos.

Este lunes, en Ciudad Victoria, el gobernador Américo Villarreal convoca a la prensa: primero los Honores a la Bandera, después la primera Mesa de Construcción de Paz con los medios como invitados y testigos, y al final una comida. Suena bien. Y lo es, si entendemos lo que está en juego.

Conviene recordar de dónde venimos. Durante años, Tamaulipas fue lo que organismos internacionales llamaron una “zona de silencio”: un lugar donde la noticia aprendió a hablar en voz baja, no por falta de valor de los reporteros, sino por exceso de peligro. 

Sentar hoy a los periodistas a la misma mesa que al poder no es un detalle de protocolo. Es un cambio de temperatura. Pero seamos honestos, que para eso sirve esta columna. Una prensa libre se parece a un detector de humo: incómodo cuando suena, indispensable cuando hay fuego. Nadie lo desconecta porque moleste. La verdadera prueba de una mesa de paz no es la foto del lunes, sino lo que pasa el martes, cuando un reportero publique algo que al gobierno no le guste. 

Por eso la invitación se agradece y, a la vez, obliga. Obliga al gobierno a sostener la apertura más allá de la comida. Y obliga a los medios a aceptar la silla sin entregar la pregunta. La libertad de expresión no se regala en un evento: se ejerce todos los días. Bienvenida la mesa. Ojalá dure más que el postre.  

La invitación merece reconocerse sin reservas: convocar a los medios el Día de la Libertad de Expresión, en un estado con la historia que tiene Tamaulipas, es un gesto de altura y de cercanía. Habla de un gobierno que prefiere el diálogo a la distancia. 

Lo más sano para todos es que esa mano tendida se mida no por la calidez del acto, sino por la costumbre que deje: una conversación que siga abierta los 364 días restantes. Si la Mesa de Paz se vuelve hábito y no efeméride, Tamaulipas gana, el gobierno gana y la sociedad gana.

EL PESO DE LA PALABRA “AISLADO”

En Tamaulipas, la autoridad educativa eligió una palabra complicada: aislado. Robos en las escuelas, señalamientos de posibles adicciones… todo, nos dicen, son casos aislados. Y quizá lo sean. Pero conviene detenernos, porque en esa palabra cabe mucho. 

Cuando un director de educación secundaria afirma que no hay casos comprobados de consumo entre estudiantes, dice una verdad a medias. “No comprobado” no significa “inexistente”; muchas veces significa que nadie ha terminado de mirar. 

Y ahí está el punto ciego: una gotera, vista de cerca, también parece una gota suelta. El techo, sin embargo, se sigue mojando. Los padres de familia no piden alarma. Piden datos. ¿Cuántos robos? ¿En cuántos planteles? ¿Qué protocolos existen para detectar a tiempo lo que hoy llamamos “aislado”? 

Minimizar es cómodo, pero la confianza no se sostiene con adjetivos: se sostiene con cifras y resultados. La escuela debería ser el lugar más seguro después de casa. Cuidémosla con la verdad completa, no con la mitad que adormece. Porque cuando un problema se nombra a tiempo, se atiende. Cuando se llama “aislado”, se aplaza.

¡¡Yássas!!

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