Estar pegados al celular ya no es novedad. Tampoco es una práctica exclusiva de los jóvenes o los niños. Hoy, todos estamos sumergidos en una hiperestimulación constante, una marea de información que no pedimos, pero que nos afecta profundamente: en cómo pensamos, en lo que sentimos, en las decisiones que tomamos.
¿Has observado cómo las pláticas con tu familia o amigos son en torno a videos o información que viste en redes sociales? Yo misma lo he notado: hay días en los que los mensajes de WhatsApp dictan el ritmo de mi agenda. Lo que veo, lo que pienso y lo que “tengo” que hacer. A veces me gustaría que el celular se me perdiera un par de horas, para bajarme del tren de la prisa y pensar sin interrupciones.
Este semestre impartí en el Tec de Monterrey una clase que se llama Claves de la felicidad para el florecimiento humano, y nos pusimos como meta hacer un club de lectura de un libro maravilloso: Recupera tu mente, reconquista tu vida, de Marian Rojas Estapé. Y sentí que hablaba directamente de mí, de nosotros, de esta sociedad acelerada. Porque no se puede hablar de felicidad sin hablar del cerebro, y no se puede hablar del cerebro sin reconocer que muchos lo tenemos secuestrado.
El cortisol —la hormona del estrés— altera nuestra percepción y decisiones. Cuando vivimos en modo supervivencia o alerta, no podemos florecer. Estamos reactivos, apagando fuegos, sin tiempo para conectar. Esa necesidad de recompensas rápidas (likes, mensajes, series) agota nuestro sistema emocional. Vivimos en busca de placer inmediato y olvidamos lo valioso del proceso, del esfuerzo y hasta el aburrimiento. La multitarea y la distracción nos están robando presencia. Sin atención no hay verdadera conexión ni disfrute. Vivir en automático es uno de los grandes enemigos del bienestar.
El sistema reticular activador (SRA) del cerebro filtra la realidad según nuestras creencias. Si enfocamos la atención solo en lo negativo, eso será lo que percibimos constantemente. Cambiar el enfoque cambia la experiencia. Dormir bien, comer sano, mover el cuerpo, desconectarse del teléfono: no son lujos. Son actos de salud mental. Cuidarnos de verdad es una forma de resistencia en un mundo que no para.
Entre sus recomendaciones prácticas, te dejo una sola, para que la recuerdes y empieces a liberar tu mente: el ejercicio físico. En palabras de la autora: “Mejora la saturación de oxígeno, genera la creación de nuevos vasos sanguíneos, libera endorfinas, potencia la corteza prefrontal y la dopamina saludable. Todo ello conlleva una mejoría en la atención, el aprendizaje y la capacidad de resolver problemas. Por otro lado, disminuye el estrés y la ansiedad, y mejora el ánimo, así como la gestión emocional. No lo dudes: ponte un zapato cómodo y levántate”.
A veces, la felicidad no está en buscar más, sino en recuperar lo que hemos perdido en el ruido: atención, calma, claridad, contacto humano. Tal vez el primer paso sea simple: dejar el celular, mirar a los ojos, moverte, volver al cuerpo. Porque sí, nuestro cerebro también está secuestrado. Pero podemos empezar a liberarlo.
Si te sientes relacionado con lo que te comparto hoy, no esperes más y trata de dejar espacio para conectar con los que más quieres de forma real. Nunca una pantalla podrá sustituir una mirada, un abrazo o una plática profunda. No te pierdas de lo real, que la vida se va muy pronto.
Te deseo una semana con menos mundo virtual y más relaciones en el mundo real. Nos vemos la próxima semana.
