Un alma amiga
Sección Editorial
- Por: Ron Rolheiser
- 28 Abril 2026, 00:00
Una de las santas que me habla es Teresa de Lisieux, comúnmente conocida como la Pequeña Flor. No fue un amor a primera vista. Durante años me sentí repelido —y me dejó frío y desinteresado— por la forma en que su persona y su imagen se habían incrustado en una piedad excesivamente melosa. Era demasiado dulce, demasiado piadosa. ¡No era una santa para mí! Eso cambió gracias a un amigo que me dijo: “No leas libros sobre ella; ¡léela a ella!”. La leí y encontré en ella a una amiga del alma.
¿Quién es Teresa de Lisieux? Fue una monja carmelita que murió de tuberculosis en 1897. Tenía solo veinticuatro años cuando falleció y, como monja carmelita recluida en un convento de la Francia rural, murió en el anonimato; probablemente era conocida por menos de cien personas. Sin embargo, durante los dos últimos años de su vida —mientras agonizaba a causa de la tuberculosis— llevó varios diarios. Tras su muerte, sus hermanas carmelitas enviaron sus diarios inéditos a algunos otros conventos, con la intención de informar a un pequeño círculo de mujeres religiosas sobre su fallecimiento y dar a conocer un poco de su vida.
El resto es historia. Los manuscritos se difundieron a un público más amplio y, en menos de diez años, las imprentas tenían literalmente dificultades para satisfacer la demanda de su autobiografía. Su pequeño convento en Lisieux recibía más de quinientas cartas al día, y personas de todo el mundo comenzaron a acudir a Lisieux en peregrinación. Ciento treinta años después, poco ha cambiado. Ella sigue gozando de una popularidad extraordinaria.
¿Por qué? ¿Por qué este interés perenne en torno a Teresa? Porque hay algo en ella que toca el alma de una manera particularmente empática. ¿Cómo es eso posible?
Teresa tuvo unos antecedentes vitales atípicos que forjaron un carácter extraordinario. Su infancia fue, en muchos sentidos, trágica. Su madre enfermó en el momento del nacimiento de Teresa y no pudo cuidarla durante ese primer año crucial de su vida. Fue atendida por una nodriza y por una tía. Cuando tenía un año de edad, fue devuelta a su madre; sin embargo, su madre ya padecía una enfermedad terminal y, cuando Teresa tenía cuatro años, falleció. Fue entonces cuando Teresa eligió a su hermana mayor, Paulina, para que fuera su nueva madre.
Cinco años más tarde, Paulina ingresó en el convento y, a los nueve años, Teresa volvió a perder a una madre.
Poco después de este suceso, cayó enferma y estuvo a punto de morir. El desencadenante fue una visita a Paulina, quien para entonces ya era monja carmelita. Junto con sus otras tres hermanas y su padre, había ido a visitar a Paulina a su convento. Después de haber dedicado un tiempo a su hermana pequeña, Paulina seenfrascó, de manera natural, en una conversación de adultos. Al sentirse excluida y presa de una profunda frustración, la pequeña Teresa se plantó justo delante de su hermana mayor y, tirándole del vestido, rompió a llorar.
“¿Qué te ocurre?”, preguntó Paulina. “¡No te has dado cuenta!”, exclamó Teresa. “¡Llevo puesto el vestido que me hiciste tú!”.
Tras este episodio, quedó sumida en una inconsolable aflicción; al regresar a casa, se postró en la cama y, durante varias semanas —a pesar de los denodados esfuerzos de diversos médicos y de toda clase de mimos y halagos por parte de su familia—, se debatió entre la vida y la muerte.
Finalmente, se recuperó. Tal fue la tragedia y la hipersensibilidad que marcaron su infancia.
Y, sin embargo —y aquí reside la gran paradoja—, durante su niñez Teresa fue objeto de una adoración y un amor que muy pocos niños llegan a experimentar jamás. Su padre, sus hermanas y el resto de su familia la consideraban su “pequeña reina”; la colmaban de afecto y la hacían sentir extraordinariamente valiosa y única. Su hermana Celina fotografiaba cada uno de sus movimientos. Pocos niños crecen tan nutridos de amor y afirmación personal como lo hizo Teresa.
Y su personalidad reflejó los efectos tanto de la tragedia como del amor. Por un lado, podía mostrarse sombría, taciturna, retraída y con un aire de otro mundo. Entabló una familiaridad natural con la mortalidad; fue una mística de la penumbra, una adulta precoz, una “niña-mujer” que, herida a temprana edad, maduró con inusitada rapidez. Sin embargo, por otro lado, conservó siempre el espíritu de la niña mágica —una suerte de Cenicienta— que, precisamente por haber sido tan amada y bendecida, desarrolló una autoestima extraordinariamente sólida, una gran confianza en sí misma y una capacidad de amar como pocas personas han tenido jamás. Tan amada durante su infancia, una parte de ella permaneció siempre como la niña pequeña —la puella—: la encarnación de la niñez, la inocencia y la alegría. Solo una Teresa de Lisieux podría concluir todas sus cartas con la frase: “¡Te beso con todo mi corazón!”.
En un alma así formada reside su mística; es decir, su singular combinación de profundidad, lucidez y trascendencia, aun cuando se aferra desesperadamente a los más ínfimos obsequios de su familia y a cada pequeña muestra de afecto terrenal. Solo un alma así formada podría, a los veintidós años, poseer la complejidad y la sabiduría necesarias para redactar un tratado místico y teológico capaz de rivalizar con los de los grandes doctores de la teología; y solo un alma así formada podría encarnar, simultáneamente, un estudio de hipersensibilidad y de resiliencia humana.
Una santa de una complejidad tan profunda puede convertirse en una amiga espiritual para nuestras propias almas complejas.
Ron Rolheiser, OMI
www.ronrolheiser.com
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