El Papa León XIV: Seamos testigos cada día de que amar es hermoso, de que las alegrías más grandes provienen de saber dar y de entregarse, especialmente cuando servimos a los más necesitados. La luz de la caridad, cultivada en los hogares y vivida en la fe, puede transformar verdaderamente el mundo, incluso en sus estructuras e instituciones, para que cada persona se sienta respetada y nadie sea olvidado.
ENCUENTRO CON LOS JÓVENES Y LAS FAMILIAS
Queridos jóvenes, queridas familias, ¡la paz esté con ustedes! ¿Quién tiene miedo a la lluvia? ¿Quién quiere la bendición de Dios ¡La Iglesia necesita el entusiasmo de todos!
Su Excelencia describió a Guinea Ecuatorial como un país joven, lleno de energía, de preguntas y de ganas de vivir y, al mismo tiempo, deseoso de hacer de Cristo su luz.
Esto se puede constatar en el lema de este viaje: “Cristo, Luz de Guinea Ecuatorial, hacia un futuro de esperanza”, pero se confirma en la presencia aquí de todos.
La luz más resplandeciente ahora es la de sus ojos, en sus rostros, en las sonrisas, los cantos, los bailes, todo da testimonio de que Cristo es alegría, sentido, inspiración y belleza para nuestra vida.
"Su país, Guinea Ecuatorial, es un país rico en historia y tradiciones.
Han traído objetos sencillos y ordinarios, un bastón, una red, un instrumento musical, que hablan de su vida y de los valores antiguos y nobles que la animan, como el servicio, la unidad, la hospitalidad, la confianza y la fiesta. Es el legado luminoso y arduo del que ustedes, queridos jóvenes, están llamados a ser, en la fe, el fundamento de su futuro y del futuro de esta tierra. ¡El futuro es suyo!
Alicia, nos habló de la importancia de ser fieles a nuestros deberes y de contribuir, con el trabajo cotidiano, al bien de la familia y de la sociedad.
Compartió con nosotros su sueño de una tierra “en la que los jóvenes, hombres y mujeres, no busquen el éxito fácil, sino que elijan la cultura del esfuerzo, de la disciplina, del trabajo bien hecho y que esto sea valorado”.
Dijo que ser cristiana significa, además de participar en la celebración eucarística, trabajar con dignidad y tratar a todos con respeto, refiriéndose también al reto que supone ser mujer en el mundo laboral.
Esto nos invita a reflexionar sobre la importancia del compromiso fecundo y sobre la necesidad de promover siempre la dignidad de cada ser humano.
Así lo atestiguó también Francisco Martín, cuando hizo alusión a la vocación sacerdotal.
Abrió de par en par ante nosotros una ventana que muestra la hermosa realidad de tantos jóvenes que se entregan totalmente a Dios por la salvación de sus hermanos.
No ocultó que le costó encontrar el valor para decir "sí", su fiat, “sí Señor”, pero en sus palabras todos comprendimos que confiar en la voluntad de Dios da alegría y una profunda serenidad.
En la comunión de los corazones y en la acción solícita hacia quienes tienen necesidad, se renuevan los milagros de la caridad.
Por eso, si sienten que Cristo los llama a seguirlo en un camino de especial consagración, como sacerdotes, religiosas, religiosos, catequistas, no tengan miedo de seguir sus pasos.
Como Él mismo aseguró, y yo también quiero decirlos hoy aquí con fuerza, recibirán cien veces más y […] la Vida eterna (Mt 19,29).
Queridos amigos, han venido a este encuentro con sus familias, que son el terreno fértil en el que el árbol joven y frágil de su crecimiento humano y cristiano hunde sus raíces.
Muchos de ustedes se están preparando para el sacramento del matrimonio. Ser esposos y padres es una misión apasionante, una alianza que hay que vivir día a día, en la que se redescubren siempre nuevos el uno para el otro, hacedores, junto con Dios, del milagro de la vida, constructores de felicidad, para vosotros y para vuestros hijos.
Una familia que sabe acoger y amar es luz, es calor. El Papa Francisco nos ha dejado unas palabras hermosas al respecto, nos dijo: “La pareja del padre y de la madre con toda su historia de amor […], la pareja que ama y genera la vida es la verdadera ‘escultura’ viviente […], capaz de manifestar al Dios creador y salvador” (Exhort. ap. Amoris laetitia, 9.11).
