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Opinión

El Susurrador de San Pedro

Agenda Poder

El próximo 28 de julio, Ken Salazar publicará sus memorias. En ellas, el exembajador de EUA en México revela que un empresario cercano a AMLO —al que llama “El Susurrador”— le confió, en agosto de 2024, que el entonces presidente temía lo que “El Mayo” Zambada pudiera decir tras su captura. 

Salazar lo contará más o menos así en su libro. 

Pero hace poco, cuando Jorge Ramos entrevistó a Salazar en su podcast, el periodista le preguntó al respecto. El exembajador se encogió de hombros: “Nunca tuve evidencia”. 

Es decir, Don Ken suelta la piedra, pero esconde la mano. Y uno se pregunta quién le susurró a Salazar lo que él mismo no se atreve a firmar. 

Más ahora que sabemos que “El Mayo” no buscará ser testigo protegido, sino que pretende aceptar la cadena perpetua con la condición de ser bien atendido de sus achaques de salud y que, por ende, se llevará sus secretos a la tumba. 

He leído el libro de Ken Salazar antes de que llegue a las librerías. Y mi conclusión es decepcionante: no dice nada. Punto. Es un compendio de lugares comunes, con anécdotas sin munición real. 

Lo único interesante es el nombre que Salazar se guarda del supuesto Susurrador.

Si no lo dice el exembajador, lo digo yo: se trata de Alfonso Romo, el empresario regiomontano que fue oído privilegiado de AMLO en los primeros años de su gobierno. 

Y digo que es Romo no solo porque tenía acceso directo, capacidad de transmitir mensajes y una red de influencias que cruza la frontera entre el poder empresarial y el político. Lo digo porque lo sé. Así de simple. 

Y aquí está la contradicción que Salazar no dice en voz alta: mientras el libro se presenta como un testimonio de la relación bilateral, lo que realmente importa está en Nuevo León. 

Entre los aspirantes de Morena a la gubernatura hay uno —o una, seamos democráticos— que mantiene vínculos claros y públicos con Alfonso Romo. 

Esos nexos —que documentaré en las próximas entregas— no son un simple contacto empresarial. Son un lastre electoral. 

En una entidad donde el hartazgo contra las viejas redes de poder es palpable, cargar con el apellido Romo es como ir a una pelea con las manos atadas. Cuando los votantes conecten los puntos, esa precandidatura perderá viabilidad de forma irreversible. 

El libro de Salazar pasará sin pena ni gloria. Nadie lo recordará en un año. Pero las consecuencias políticas de esa anécdota —ese “susurro” que el exembajador prefirió no nombrar— ya están en marcha en Nuevo León. 

¿Influyó Alfonso Romo en AMLO? Mejor preguntémonos: ¿cuántos de los que hoy buscan gobernar están dispuestos a cargar con el peso de esas redes para llegar al poder? ¿Y cuántos votantes estarán atentos para recordárselo en las urnas? Esas son las verdaderas memorias que iremos escribiendo aquí, columna a columna.

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