Una melancolía irritada
Sección Editorial
- Por: Ron Rolheiser
- 08 Septiembre 2026, 00:00
Vivimos en un mundo donde, como dice Karl Rahner, nuestras vidas son siempre una sinfonía incompleta. En esta vida no existe una plenitud definitiva. Por lo general, no somos conscientes de ello y, además, inconscientes de que esto crea en nuestro interior un cierto vacío que nos lleva a aferrarnos a la vida con avidez.
Sin embargo, hay cosas que pueden ayudarnos a tomar conciencia de esto; por ejemplo, la poesía y la música. Charles-Pierre Baudelaire (1821-1867), poeta, ensayista y crítico de arte francés, dijo una vez lo siguiente sobre la poesía y la música: “Es mediante la poesía y a través de ella, mediante la música y a través de ella, como el alma vislumbra el esplendor más allá de la tumba; y cuando un poema exquisito hace aflorar lágrimas a los ojos, estas lágrimas no son prueba de un exceso de goce, sino más bien el testimonio de una melancolía irritada, de una exigencia de los nervios de una naturaleza exiliada en lo imperfecto, que desearía captar de inmediato —aquí en la tierra— un paraíso revelado”.
¡Vaya! ¡Qué lenguaje tan diferente! La poesía y la música irritan nuestra melancolía de tal modo que nos hacen conscientes de los límites de nuestra vida, al tiempo que despiertan en nosotros la intuición de cómo será el cielo y el deseo de estar allí mismo, en este instante.
Baudelaire emplea la palabra “melancolía” para definir lo que sentimos a causa de este vacío vital, mas ¿es acaso el término más adecuado para describir nuestra sensación? ¿Es melancolía?
¿Es tristeza?
¿O tal vez podría denominarse de otra manera?
De hecho, ha recibido múltiples nombres.
San Agustín, por ejemplo, no lo definiría como tristeza, sino como anhelo, como una punzada de dolor o una inquietud. Así lo expresa en su célebre máxima: “Tú nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Esa es su expresión más característica, aunque existen otras.
Numerosos autores espirituales franceses lo llaman inquietud o desasosiego; el autor bíblico Cohélet lo denomina una sensación de atemporalidad interior que nos desincroniza perpetuamente de los ritmos naturales del tiempo; la joven Ana Frank, al escribir en su diario, simplemente la llamó una energía que le hacía querer salirse de su propia piel y estar en todas partes a la vez; la sabia anciana Ruth Burrows la denominó “complejidad atormentada”; el científico y místico Pierre Teilhard de Chardin la llamó “una fuerza irresistible y santificadora que hace que todos clamen: ‘Señor, haznos uno’”; y Frederick Buechner la describió como “una presencia subterránea” bajo la superficie, algo que no se anuncia a sí mismo como una banda de música, sino que llega, nos toca y nos impacta de tal manera que nos deja libres para no percibirla en absoluto o para alejarnos de ella.
¿Cuál es su origen?
¿De dónde proviene?
Es, como dice San Agustín, el anhelo profundo que nos dice que hemos sido creados para Dios y que este mundo no es nuestro hogar definitivo.
Pero esto no reside en nuestro interior como tristeza, melancolía u oscuridad. Al contrario: habita en nosotros como un exceso de energía, un exceso de luz, una luminosidad.
He aquí su origen: como cristianos, creemos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Sin embargo, con demasiada frecuencia imaginamos esto de forma simplista —como un hermoso ícono grabado en nuestra alma— en lugar de verlo como un fuego divino, un toque de infinitud, una energía divina e insaciable en nuestro interior que nos hace saber que somos más que nuestra biología y más que las leyes físicas de este mundo. También nos asegura que jamás encontraremos nuestra plenitud definitiva en este mundo. Estamos hechos para algo más.
Es cierto que esto puede experimentarse como tristeza o melancolía, mas, paradójicamente, ello se debe a que su luz excesiva proyecta una sombra oscura. Cuando hablamos de esa sombra interior que nos asusta afrontar, realmente nos referimos a nuestra luminosidad, a la imagen de Dios que llevamos dentro. Nosotros tememos la luz divina que habita en nosotros; es una intensidad difícil de sobrellevar.
La poeta Marianne Williamson lo expresa magistralmente en su poema Nuestro miedo más profundo:
Nuestro miedo más profundo no es que seamos inadecuados.
Nuestro miedo más profundo es que somos poderosos más allá de toda medida.
Es nuestra luz, no nuestra oscuridad, lo que más nos aterra.
Nos preguntamos:
¿Quién soy yo para ser brillante, magnífico, talentoso, fabuloso?
En realidad, ¿quién eres tú para no serlo?
Eres un hijo de Dios.
Restarte importancia no sirve al mundo.
No hay nada de iluminado en empequeñecerse para que los demás no se sientan inseguros a tu lado.
Todos estamos destinados a brillar, como lo hacen los niños.
Nacimos para manifestar la gloria de Dios que llevamos dentro.
No está solo en algunos de nosotros; está en todos.
Y al dejar brillar nuestra propia luz, inconscientemente damos permiso a los demás para hacer lo mismo.
Al liberarnos de nuestro propio miedo, nuestra presencia libera automáticamente a los demás.
Esto no es exactamente tristeza, sino más bien una melancolía irritada que nos hace conscientes de cuánta luz llevamos dentro.
Ron Rolheiser, OMI
www.ronrolheiser.com
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