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Opinión

La paz que merece Nuevo León

Presente y futuro

Cada arma que sale de circulación representa una posibilidad menos de que una discusión termine en tragedia, de que un accidente cambie para siempre la vida de una familia o de que una niña o un niño crezcan rodeados de violencia.

El pasado 9 de julio, en el Día Internacional de la Destrucción de Armas de Fuego, nuestro país dio a conocer un resultado que vale la pena compartir: gracias al programa Sí al Desarme, Sí a la Paz, más de 11,000 armas de fuego han sido entregadas voluntariamente por la ciudadanía para ser destruidas por la Secretaría de la Defensa Nacional.

Cuando iniciamos este programa desde la Unidad de Asuntos Religiosos, Prevención Social y Reconstrucción del Tejido Social de la Secretaría de Gobernación, lo hicimos convencidos de que la paz no se construye solamente cuando se combate el delito; se construye mucho antes, cuando evitamos que la violencia encuentre espacio para crecer.

Ésa ha sido la visión de nuestra presidenta, Claudia Sheinbaum, y de la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez: entender que la seguridad también pasa por prevenir, escuchar y atender las causas.

Y esa reflexión cobra un significado especial cuando pienso en Nuevo León.

Nuestro estado es fuerte, trabajador y resiliente. 

Somos ejemplo de innovación, de emprendimiento y de crecimiento económico. Pero también sabemos que ninguna familia puede sentirse plenamente tranquila cuando la violencia toca la puerta de una colonia, cuando una madre se preocupa porque sus hijos regresen con bien a casa o cuando una comunidad pierde la confianza en su entorno.

La seguridad no comienza con una patrulla.

Comienza cuando una sociedad decide proteger la vida.

Por eso, programas como Sí al Desarme, Sí a la Paz tienen un enorme valor, porque nos recuerdan que prevenir siempre será más humano, más inteligente y más efectivo que lamentar.

En Nuevo León conocemos el valor de la comunidad.

Lo vemos cuando nuestros vecinos se organizan para ayudarse, cuando una colonia se une después de una tormenta, cuando las empresas apoyan a quienes más lo necesitan o cuando las familias hacen todo lo posible para sacar adelante a sus hijos.

Ésa es la esencia que debemos fortalecer.

Estoy convencida de que construir la paz también significa ofrecer oportunidades para nuestros jóvenes, recuperar los espacios públicos, fortalecer a las familias, impulsar la cultura, el deporte y la educación, y generar confianza entre la ciudadanía y sus instituciones.

Una sociedad donde hay oportunidades es una sociedad donde la violencia encuentra cada vez menos espacio.

Cada arma destruida representa una decisión valiente.

La decisión de elegir la vida sobre el miedo.

La decisión de pensar en los hijos antes que en la violencia.

La decisión de creer que un mejor futuro sí es posible.

Y eso es justamente lo que merece Nuevo León.

Merece vivir con tranquilidad.

Merece que las niñas y los niños jueguen en los parques sin miedo.

Merece que las y los jóvenes encuentren oportunidades para construir aquí su proyecto de vida.

Merece que las familias recuperen la paz como parte de su vida cotidiana.

Ésa es la transformación que más importa.

La que no se mide solamente en estadísticas, sino en la tranquilidad con la que una madre espera a sus hijos, en la confianza con la que una familia sale a disfrutar su ciudad o en la esperanza con la que una comunidad vuelve a creer en su futuro.

La paz nunca será producto de la casualidad.

La paz se construye. Se construye retirando las armas de las calles, fortaleciendo a las familias, escuchando a las comunidades y tomando decisiones que siempre pongan la vida por delante.

Y estoy convencida de que ése también puede ser el futuro de Nuevo León.

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