Opinión

¿Y si China pudiera apagar tu automóvil?

Sección Editorial

  • Por: Luis Padua Viñals
  • 13 Octubre 2026, 05:01

Imagínese usted que un día, mientras conduce tranquilamente por las calles de Monterrey, su automóvil comienza a comportarse de manera extraña. Se apagan las luces, se bloquean las puertas, se activa el sistema de sonido y, de pronto, alguien parece haber tomado el control de su vehículo.

O peor aún: imagínese que, en medio de una crisis internacional, miles de automóviles simplemente dejan de funcionar porque alguien, desde el otro lado del mundo, decidió desactivarlos.

Parece argumento de una película de ciencia ficción. Pero no lo es.

En septiembre pasado, una investigación de la cadena pública australiana ABC reveló que un especialista en ciberseguridad había conseguido intervenir electrónicamente una camioneta BYD, de fabricación china, mientras circulaba.

El investigador logró manipular las luces, activar los limpiaparabrisas, bloquear las puertas e intervenir el sistema de sonido. También pudo acceder a información y funciones que plantean preocupaciones sobre la privacidad de sus ocupantes.

No consiguió controlar el volante del auto, ni otras funciones propias del motor, pero dejó sobre la mesa una pregunta inquietante: ¿quién puede controlar los automóviles que estamos comprando?

De entrada, las empresas que los fabrican sí pueden controlarlos. Y es que la información completa de la conducción ya viaja de ida y vuelta a los servidores de la marca, y la prueba es que pueden reconocer en muchas ciudades cuando el conductor está violando los límites de velocidad —tomados de los mapas oficiales—, y alertar al respecto al propio conductor.

A ver: hoy un auto, en especial uno eléctrico, es “como un celular”: está conectado al mundo.

Durante más de un siglo, cuando alguien compraba un automóvil, adquiría una máquina que, con todas sus limitaciones, estaba fundamentalmente bajo control de su dueño.

Hoy ya no es así: compramos vehículos que pueden seguir conectados con sus fabricantes durante toda su vida útil.

Todos los vehículos modernos han dejado de ser simples máquinas con motor y cuatro ruedas, para convertirse en verdaderas computadoras conectadas a internet, equipadas con cámaras, micrófonos, sistemas de geolocalización y programas capaces de recibir instrucciones y actualizaciones a distancia.

Esto puede tener enormes ventajas. Pero también riesgos que apenas comenzamos a comprender.

El asunto adquiere una dimensión particularmente delicada cuando hablamos de automóviles fabricados en China.

Sabemos que allá todas las empresas privadas están obligadas a reportar un sinnúmero de cuestiones al gobierno, y a veces están tan interrelacionados que podría decirse que son “socios”.

No quiere eso decir que todos los fabricantes chinos sean instrumentos de espionaje —aunque algunos, como Huawei, sí han sido acusados de espiar—, ni tampoco existe evidencia de que las marcas de autos chinos estén utilizando sus vehículos para vigilar sistemáticamente a sus propietarios.

El problema es que China tiene una legislación que obliga a organizaciones y ciudadanos a colaborar con las actividades de inteligencia del Estado. Y esa circunstancia ha encendido las alarmas de diversos gobiernos occidentales.

Estados Unidos, de hecho, ya adoptó restricciones a determinadas tecnologías chinas y rusas utilizadas en automóviles conectados, argumentando riesgos para la seguridad nacional.

En Europa, diversos centros de investigación han advertido que estos vehículos podrían convertirse en instrumentos de recopilación de información estratégica, desde los movimientos de sus propietarios hasta imágenes de instalaciones militares, infraestructura crítica o conversaciones privadas.

Y aquí aparece una posibilidad todavía más inquietante.

Si un fabricante puede actualizar a distancia el software de un automóvil, modificar algunas de sus funciones y mantener comunicación permanente con sus sistemas, ¿hasta dónde podría llegar ese control?

¿Podría impedir que el propietario lo encienda? ¿Podría desactivar determinadas funciones? ¿Podría, en un escenario extremo, inmovilizar miles de unidades simultáneamente?

¿Podría la marca “tomar el control del auto”, cerrar las puertas con seguro y llevar al conductor a donde el fabricante lo desee? ¡Técnicamente es posible!

Ojo, no hay evidencia pública concluyente de que el gobierno chino tenga hoy esa capacidad sobre los vehículos vendidos en México. Pero la posibilidad tecnológica, al menos en determinados sistemas, es suficientemente seria como para que distintos gobiernos hayan comenzado a tomar medidas.

Ah, y bueno: este problema no es exclusivo de China.

Tesla y otros fabricantes occidentales también recopilan información de sus usuarios y mantienen capacidades de administración remota sobre sus vehículos.

La diferencia es que, tratándose de China, se añade una preocupación geopolítica relacionada con el poder que su gobierno puede ejercer sobre las empresas.

El asunto debería interesarnos particularmente en México, donde una gran cantidad de marcas chinas han conquistado rápidamente una parte importante del mercado automotriz.

Empresas como BYD, MG, Chirey, Omoda, Jaecoo y muchas más venden sus autos como “pan caliente” en México, debido a contar con precios mucho más competitivos y ofrecer buena estética y bastante buen rendimiento.

Y la única pregunta ya no es solamente si China puede espiarnos a través de nuestros automóviles. 

La otra, muy relevante, es si estamos preparados para vivir en un mundo donde el dueño de un vehículo ya no necesariamente tiene la última palabra sobre lo que ese vehículo puede hacer.
Sólo imagínese...

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