El nacido en Barrio de la Alameda es conocedor milimétrico de las leyes que nos rigen y de los secretos mágicos del toreo; gracias a la constancia en el aprendizaje de sus conocimientos legales, Navarro ha escalado peldaño a peldaño mediante la cultura del esfuerzo y tomando como base los principios y valores intrínsecos de la tauromaquia, para fraguar una exitosa carrera profesional en la rama del derecho, que lo tienen ahora mismo posicionado en la historia de la administración pública como uno de los más destacados, reconocidos, honestos y honorables funcionarios públicos que ha tenido el gobierno de Nuevo León.

Como si le andara al toro con gran serenidad, paso a paso, colocándose en el sitio preciso y exacto para “bordar” la gran faena de la vida y habiendo quién en su juventud descubrió sus notables cualidades artísticas para incursionar profesionalmente en el mundo de los toros como un verdadero diestro, de esos que emanan el arte por los poros, Navarro con mucha cabeza e inteligencia optó por el camino profesional de las Leyes y las Ciencias Sociales para torear “de frente y por derecho”, con muchas de las codiciosas embestidas de la injusticia social que lamentablemente impera en nuestro país.

Nacido el 4 de agosto de 1940, el licenciado Navarro egresó de la Facultad de Derecho en el año de 1964 del siglo pasado, y a lo largo de su vida, producto de su esfuerzo y sus propios deseos de superación, obtuvo la maestría en Mediación y Arbitraje, además de haber compartido y derramado sus conocimientos años más tarde como catedrático de Filosofía del Derecho, siendo también presidente del colegio de Abogados de Nuevo León, Director de Población y Estadística y además uno de los más entusiastas y reconocidos presidentes de la Peña Taurina “El Toreo de Monterrey”.

Desde niño “Navarrito” se “envenenó del gusanito” como aficionado a la fiesta de los toros debido a que su hermano mayor vivía muy cerca de la antigua plaza de toros de Guadalupe, donde se “colaba” domingo a domingo para disfrutar los festejos taurinos. Era la época de la efervescencia taurina en la ciudad, donde el empresario de aquel coso era César Garza. Ya entrada la adolescencia, continuó colándose a los tendidos haciéndose amigos de los novilleros de la época como Fernando De la Peña, Américo Garza “Romerita”, Joel Téllez “El Silverio”, Jesús “El Güero” Guerra, Don Pepe Lavín y muchos otros miembros de “la flota” del toro.

En aquellos años, “Navarrito” llevó una estrecha amistad con el ingeniero Morelos Domínguez, “eloísta” de hueso colorado y muy reconocido y “colocado” taurinamente en el mundo de la fiesta de los toros, pues fue el fundador y líder de la “Peña Taurina La Lidia” (el rincón más taurino de los años 60 en El Paso Autel de las calles Zaragoza y Ruperto Martínez). Dicha amistad le proporcionaba a “Navarrito” la cortesía de acudir como invitado a las tientas en las ganaderías de Golondrinas y La Playa, donde ocasionalmente “echaba la capa”.

Y como detrás de un gran hombre existe una gran mujer, la combinación entre su profesión y su afición por la fiesta brava no le privó del amor al que encontró en su amada esposa, la doctora Magneli Villanueva Morales, de quien siempre recibió el apoyo amoroso para construir la vida que hoy honra.

En la década de los 60 se funda “La Peña Taurina El Toreo”, donde por honesta amistad y gran empatía “Navarrito” forma parte de una “hermandad” con todos los miembros, destacándose la cercanía fraterna con Omar Rojas y Raúl Porras, tercia conocida en plan de “cachondeo” (guasa) como “Lupe, Concha y Enriqueta”, misma que se vieron las caras muchas veces en el ruedo al organizar sus propios festivales taurinos y acudiendo como invitados a otros festejos en muchas partes del país.

Como peñista, Navarro fue uno de los principales artífices para que “La Peña Taurina El Toreo” contara con un local propio para sesionar: la actual sede ubicada en la calle Isaac Garza 345 poniente. Además, el licenciado Héctor, junto con otros miembros, ha sido uno de los iniciadores -desde la época de los 80- “De la Semana Regiomontana del Toreo”, con un corte cultural rematado siempre, con sus tradicionales festivales taurinos de lujo.

Como aficionado práctico, el licenciado Navarro cuenta en su haber con poco más de un centenar de festejos toreados, dejando en el ruedo constancia del arte que le emana por los poros y, en muchas ocasiones con su torería y su clase, colocaba el listón muy alto a sus alternantes, quienes algunos matadores de toros trataban de esquivar el compromiso de torear los tradicionales festivales a su lado para evitar “el baño” de verse sobrepasados por el aficionado práctico.

Además, Héctor F. Navarro ha sido un incansable defensor del toro de lidia y de la industria cultural de la tauromaquia, presentando ponencias frente a organismos sociales, culturales y empresariales. “Tenemos que las leyes son para ser cumplidas por los hombres, por los seres humanos que son los únicos que están provistos de conciencia, los animales que son seres sintientes, están provistos naturalmente de instintos y, obedeciendo precisamente a ellos, es que viene su comportamiento, y en el caso del toro de lidia, su instinto y temperamento es bravo, por ello no lo podemos tratar igual que una mascota”, habría dicho como parte de su tesis en alguna ocasión el letrado.

El hombre, el apasionado, el licenciado, el torero, el esposo, el peñista, el compadre, el amigo, hoy libra una difícil batalla frente al “miureño” toro de la vida, al que enfrenta como siempre lo ha hecho, con un gran talante, valor, clase y categoría, dando con su actitud positiva una vez más, el más hermoso ejemplo de plenitud y amor a la vida. Por ello sin duda alguna Don Héctor Francisco Navarro González, “Navarrito de México”, es un cabal hombre de bien.

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Héctor F. Navarro González: Con la maestría 'a flor de piel'

Ha escalado peldaño a peldaño mediante la cultura del esfuerzo y tomando como base los principios y valores intrínsecos de la tauromaquia, para fraguar una exitosa carrera profesional en la rama del derecho

Por EH | 15 Diciembre 2020

Monterrey.- Enfrentar las vicisitudes de la vida con categoría y gran talante, sin doblegarse ante la adversidad y tomando los valores de la disciplina y el esfuerzo formativo de la tauromaquia, ha sido la filosofía en el andar del reconocido letrado en derecho y aficionado práctico en el retiro, Don Héctor F. Navarro González quien, por la calidad, honestidad y don del arte con el que ha sido dotado, ha derramado en el ámbito profesional, personal y taurino su honestidad, transparencia, pulcritud y gran clase a todo lo que ha emprendido en la vida, lo que lo ha convertido sin duda alguna, en un extraordinario y ejemplar hombre de bien.

“El Curro Romero de los abogados”, por su nítida sensibilidad al expresar la palabra adecuada en el momento indicado para ejecutar con sobrada clase, categoría y sublime armonía, sus siempre acertados comentarios -tanto legales como taurinos-, como si se tratara de su personalísimo repertorio en la ejecución pasmosa de su expresión torera, para someter las arteras embestidas del enemigo, es reconocido también en el ámbito taurino internacional como “Navarrito de México”, por poseer una personalidad franca, serena, sincera, auténtica, única e inimitable, que lo ha distinguido en su andar por todo el mundo.

El nacido en Barrio de la Alameda es conocedor milimétrico de las leyes que nos rigen y de los secretos mágicos del toreo; gracias a la constancia en el aprendizaje de sus conocimientos legales, Navarro ha escalado peldaño a peldaño mediante la cultura del esfuerzo y tomando como base los principios y valores intrínsecos de la tauromaquia, para fraguar una exitosa carrera profesional en la rama del derecho, que lo tienen ahora mismo posicionado en la historia de la administración pública como uno de los más destacados, reconocidos, honestos y honorables funcionarios públicos que ha tenido el gobierno de Nuevo León.

Como si le andara al toro con gran serenidad, paso a paso, colocándose en el sitio preciso y exacto para “bordar” la gran faena de la vida y habiendo quién en su juventud descubrió sus notables cualidades artísticas para incursionar profesionalmente en el mundo de los toros como un verdadero diestro, de esos que emanan el arte por los poros, Navarro con mucha cabeza e inteligencia optó por el camino profesional de las Leyes y las Ciencias Sociales para torear “de frente y por derecho”, con muchas de las codiciosas embestidas de la injusticia social que lamentablemente impera en nuestro país.

Nacido el 4 de agosto de 1940, el licenciado Navarro egresó de la Facultad de Derecho en el año de 1964 del siglo pasado, y a lo largo de su vida, producto de su esfuerzo y sus propios deseos de superación, obtuvo la maestría en Mediación y Arbitraje, además de haber compartido y derramado sus conocimientos años más tarde como catedrático de Filosofía del Derecho, siendo también presidente del colegio de Abogados de Nuevo León, Director de Población y Estadística y además uno de los más entusiastas y reconocidos presidentes de la Peña Taurina “El Toreo de Monterrey”.

Desde niño “Navarrito” se “envenenó del gusanito” como aficionado a la fiesta de los toros debido a que su hermano mayor vivía muy cerca de la antigua plaza de toros de Guadalupe, donde se “colaba” domingo a domingo para disfrutar los festejos taurinos. Era la época de la efervescencia taurina en la ciudad, donde el empresario de aquel coso era César Garza. Ya entrada la adolescencia, continuó colándose a los tendidos haciéndose amigos de los novilleros de la época como Fernando De la Peña, Américo Garza “Romerita”, Joel Téllez “El Silverio”, Jesús “El Güero” Guerra, Don Pepe Lavín y muchos otros miembros de “la flota” del toro.

En aquellos años, “Navarrito” llevó una estrecha amistad con el ingeniero Morelos Domínguez, “eloísta” de hueso colorado y muy reconocido y “colocado” taurinamente en el mundo de la fiesta de los toros, pues fue el fundador y líder de la “Peña Taurina La Lidia” (el rincón más taurino de los años 60 en El Paso Autel de las calles Zaragoza y Ruperto Martínez). Dicha amistad le proporcionaba a “Navarrito” la cortesía de acudir como invitado a las tientas en las ganaderías de Golondrinas y La Playa, donde ocasionalmente “echaba la capa”.

Y como detrás de un gran hombre existe una gran mujer, la combinación entre su profesión y su afición por la fiesta brava no le privó del amor al que encontró en su amada esposa, la doctora Magneli Villanueva Morales, de quien siempre recibió el apoyo amoroso para construir la vida que hoy honra.

En la década de los 60 se funda “La Peña Taurina El Toreo”, donde por honesta amistad y gran empatía “Navarrito” forma parte de una “hermandad” con todos los miembros, destacándose la cercanía fraterna con Omar Rojas y Raúl Porras, tercia conocida en plan de “cachondeo” (guasa) como “Lupe, Concha y Enriqueta”, misma que se vieron las caras muchas veces en el ruedo al organizar sus propios festivales taurinos y acudiendo como invitados a otros festejos en muchas partes del país.

Como peñista, Navarro fue uno de los principales artífices para que “La Peña Taurina El Toreo” contara con un local propio para sesionar: la actual sede ubicada en la calle Isaac Garza 345 poniente. Además, el licenciado Héctor, junto con otros miembros, ha sido uno de los iniciadores -desde la época de los 80- “De la Semana Regiomontana del Toreo”, con un corte cultural rematado siempre, con sus tradicionales festivales taurinos de lujo.

Como aficionado práctico, el licenciado Navarro cuenta en su haber con poco más de un centenar de festejos toreados, dejando en el ruedo constancia del arte que le emana por los poros y, en muchas ocasiones con su torería y su clase, colocaba el listón muy alto a sus alternantes, quienes algunos matadores de toros trataban de esquivar el compromiso de torear los tradicionales festivales a su lado para evitar “el baño” de verse sobrepasados por el aficionado práctico.

Además, Héctor F. Navarro ha sido un incansable defensor del toro de lidia y de la industria cultural de la tauromaquia, presentando ponencias frente a organismos sociales, culturales y empresariales. “Tenemos que las leyes son para ser cumplidas por los hombres, por los seres humanos que son los únicos que están provistos de conciencia, los animales que son seres sintientes, están provistos naturalmente de instintos y, obedeciendo precisamente a ellos, es que viene su comportamiento, y en el caso del toro de lidia, su instinto y temperamento es bravo, por ello no lo podemos tratar igual que una mascota”, habría dicho como parte de su tesis en alguna ocasión el letrado.

El hombre, el apasionado, el licenciado, el torero, el esposo, el peñista, el compadre, el amigo, hoy libra una difícil batalla frente al “miureño” toro de la vida, al que enfrenta como siempre lo ha hecho, con un gran talante, valor, clase y categoría, dando con su actitud positiva una vez más, el más hermoso ejemplo de plenitud y amor a la vida. Por ello sin duda alguna Don Héctor Francisco Navarro González, “Navarrito de México”, es un cabal hombre de bien.

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