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Bernardo Fernández lleva las raíces mexicanas a las estrellas

Con El llanto del aire, el escritor mexicano, busca cautivar a quienes aún no frecuentan la ciencia ficción y ampliar los horizontes

Por Yvette Serrano | 15 Octubre 2026

La ciencia ficción mexicana puede conquistar lectores que todavía no se reconocen como sus lectores. Bernardo Fernández, BEF, apuesta por ese encuentro: que la curiosidad por una historia se convierta en el descubrimiento de un género y de los autores que lo cultivan en nuestro país.

“Yo escribo ciencia ficción para la gente que no suele leerla […] Yo creo que tiene que tener, o es mi aspiración, que tenga tanta calidad para que el lector de literatura general conecte con los libros, porque es buena literatura”, afirma el escritor e historietista en entrevista con El Horizonte.

Esa vocación de acercamiento anima El llanto del aire, una novela que conduce a un planeta remoto sin desprenderse de las inquietudes terrestres: la desigualdad, la memoria familiar y los vínculos que establecemos con el mundo que habitamos.

BEF confía en que los aficionados al género encontrarán una afinidad natural con sus páginas. 
Su ambición es seducir también a quienes buscan una buena novela, aunque las aventuras espaciales no figuren entre sus preferencias.

En ese empeño reconoce la labor de autores como Alberto Chimal, Raquel Castro y Cecilia Udave. El desafío implica, además de la creación literaria, conseguir que esas obras circulen, encuentren nuevos públicos y alcancen espacios editoriales antes poco receptivos al género.

“Yo quiero pensar que estamos ganando espacios”, dice.

Oaxaca también llega a las estrellas

En el universo de El llanto del aire, la humanidad ha logrado extenderse por la galaxia. Sus avances, sin embargo, no han desterrado las desigualdades: el reparto de los nuevos mundos reproduce las jerarquías entre naciones ricas y pobres.

Incluso entre las estrellas, la prosperidad tiene sus privilegiados.
En ese porvenir se encuentra Cuicatlán, un planeta desértico recorrido por un viento semejante a un lamento. Una primera expedición lo abandonó en circunstancias misteriosas; casi un siglo después, una nueva misión deberá enfrentarse a aquello que permanece oculto.

La imaginación cósmica de BEF tiene aquí una raíz íntima. Su abuelo, de origen zapoteca, salió de Oaxaca para estudiar agronomía y se estableció en Torreón, donde trabajó con un método de riego. En aquella intervención sobre el paisaje, el escritor reconoce una resonancia de la terraformación que recrea en su novela.

A esa herencia se suman sus recuerdos infantiles de Oaxaca. Acostumbrado a los videojuegos y al Atari, llegaba a un lugar donde el tiempo parecía transcurrir con otra cadencia y la relación con la tierra obedecía a una sensibilidad distinta.

De ese contraste surgen dos preocupaciones centrales del libro: las asimetrías entre países y las diversas maneras de concebir y habitar el territorio.

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Una ambición de mil páginas

Antes de adquirir la forma de una trilogía, el proyecto respondía a un antiguo anhelo de su autor.
“Yo quería hacer una novela de mil páginas”, cuenta.

Su inclinación por las narraciones extensas se nutrió de una formación lectora vinculada a los cómics. 
El deseo de acceder a esas historias lo llevó, incluso, a aprender inglés desde niño.

“Yo soy vicioso de la lectura […] A mí lo que más me interesa en la literatura es la experiencia humana universal, el poder apelar a esas cosas que nos conectan a todos […] Entonces, por esa razón, mi gran reto fue el desarrollo de personajes”, explicó.

Cuando presentó la idea a su editorial y a su agente, las exigencias de producción y distribución de un volumen de semejantes dimensiones propiciaron otra solución: desarrollar la historia en tres entregas.

Así, El llanto del aire se convirtió en el umbral de un universo narrativo más amplio.
Concebirlo exigía mucho más que desplegar un repertorio de prodigios tecnológicos. 
BEF, quien en su juventud quiso estudiar biología, disfrutó especialmente la investigación científica que sustenta la novela. El verdadero desafío consistió en impedir que esa fascinación eclipsara a sus personajes.

“La parte más difícil es no perderte, no embriagarte con lo tecnológico”, señala.
Entre robots, inteligencias artificiales y travesías interestelares, su brújula literaria apunta hacia aquello que cualquier lector puede reconocer.

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