No existe una verdad absoluta: todo es relativo.
Existe una preocupación constante y creciente por la aparición de delitos de bajo y alto impacto en todo el país.
La ciudadanía se pregunta de qué sirve denunciar si la impunidad supera la eficiencia de las instituciones del Estado. En México, este indicador es alarmante, como ocurre en prácticamente todas las entidades.
Pareciera que vivimos dentro de la escena del libro México secuestrado. Y lo digo así porque parece que el ciudadano de a pie no tiene hacia dónde hacerse ante tanta negligencia y prepotencia de los cuerpos policiales.
La pregunta es: ¿y las fiscalías? Desde la federal hasta las estatales.
Gertz Manero dejó un cochinero y lo premiaron con una embajada. Así son los reconocimientos: a la eficiencia o a la complicidad. ¿Qué podemos esperar entonces en nuestros estados?
Por ejemplo, en Coahuila, pareciera que la figura del fiscal es más la de un “influencer” que la de un verdadero fiscal. ¿Por qué se lo permiten? Su desempeño debería enfocarse en generar confianza y respeto ciudadano. Solo le faltó promover en sus redes su último evento con Juan Ramón Palacios en Desvelados.
O el caso de Nuevo León, donde el fiscal heredó inseguridad y una crisis interna derivada de las diferencias entre el poder Ejecutivo y el Legislativo. El resultado es un enorme reto de legitimidad y eficiencia. Y, como él dice: “un estado donde no pasa nada”… pero pasa todo.
¡Yássas!
