1. Durante su segunda visita a nuestro país, el seis de mayo de 1990, y en la Basílica de Guadalupe capitalina, Juan Pablo II nos dijo: “México sabe bailar, México sabe rezar, México sabe cantar, pero, más que todo, México sabe gritar”. ¿Cuál fue la respuesta de los miles que se encontraban en el atrio del histórico templo? Gritaron, celebrando lo dicho por el pontífice. Yo me indigné. ¿Por qué no dijo “México sabe discernir”, “México sabe dialogar”, “México sabe resolver”? Pero bueno. Lo que el Papa polaco había hecho era solo describirnos: somos gritones.
2. No había mala intención. Por el contrario. Quise entender que la expresión buscaba describir la devoción, la alegría y la pasión manifiestas por el pueblo mexicano a la hora de vivir su fe, tradiciones y celebraciones. Todavía benignos con Wojtyla, su señalamiento reflejaba la fuerza expresiva de una nación que ha encontrado en el “¡Viva México!” uno de sus mayores rasgos de identidad colectiva. Muy bien. Comprendí que no se trataba de una ofensa, sino de una constatación, y me apliqué con resignación el dicho: “lo que te choca te checa”.
3. Pero Donald Trump acaba de declarar, durante un mitin en la F&M Bank Arena de Clarksville, reflexionando sobre la lealtad y el apoyo de sus simpatizantes: “Es increíble. Cuando te paras aquí es como sentir todo ese amor. Podría decir las cosas más estúpidas y ustedes aplauden”. ¡Y la multitud respondió con risas y aplausos, confirmando lo que su líder les acababa de restregar! No extraña lo vomitado por el presidente norteamericano: estamos acostumbrados a esos improperios contra quien considera sus enemigos. Pero: ¿por qué se expresó así de sus seguidores?
4. Explicaciones favorables de expertos en el tema sostienen que los asistentes al evento interpretaron lo dicho como una broma, una muestra de humor y no como un insulto. Otros apoyan y apoyarán al republicano independientemente de un hecho aislado, reafirmando su lealtad, aunque se comporte de esa manera. Sociólogos conocedores del proceder de las masas sugieren que la dinámica de este tipo de reuniones favorece reacciones colectivas inconscientes, sin que ello signifique la aprobación incondicional de todos y cada uno de los asistentes. ¿Será?
5. Cuando Trump ganó por segunda vez la presidencia de los EUA, muchos nos preguntamos cómo era posible que tantas personas hubieran votado por él. Se respondía que ofreció mejorar una economía nacional en crisis, combatir la inmigración y mejorar la prosperidad perdida. Utilizó un mensaje confrontativo que agradó a muchos y capitalizó el rechazo a la continuidad demócrata. La evaluación de tales promesas se realizará al final de su gestión, pero lo cierto es que han agradado más de lo que yo imaginaba sus poses bravuconas y sus groserías sin límites.
6. El que llame estúpidos a sus correligionarios —porque eso hizo— y estos lo acepten con sonrisas y aplausos no es una muestra del amor entregado a quien nos ha ofendido y solicita el perdón, sino una reafirmación de la conducta agresora. Pareciera que hasta se disfruta el golpe y, con masoquismo complaciente, se insiste en la repetición. La sensatez en el discurso ha sido sustituida por la desfachatez, y la irracionalidad argumentativa se ha convertido en la nueva racionalidad normativa. Más que líderes sensatos, nos urgen ciudadanos dignos y responsables, no masoquistas. ¿Los hay?
7. Cierre icónico. Niega el actual régimen que varias regiones del país estén controladas por el crimen. Sin embargo, lo sucedido en Totolapan, Morelos, parecería confirmarlo. Aprendido un presunto capo, fue liberado después de que sus secuaces secuestraron a tres funcionarios locales. Pero no solo los cómplices intervinieron en desmanes —quema de vehículos, bloqueo de carreteras—, sino también la población civil. Queda claro lo no aceptado. Además de que las autoridades no pueden competir en capacidad de fuego con los criminales, estos cuentan con el apoyo de las comunidades.
