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Opinión

¿Cómo dijo?

Crónicas de un comelón

Shakespeare puso en voz de uno de sus personajes más famosos la pregunta “¿qué hay en un nombre?” y he estado pensando que, al menos en la gastronomía, es muy importante: decidir bien las palabras puede marcar la diferencia entre atraer personas o generar confusión, entre el éxito y el olvido.

Thomas McNaughton, del restaurante Flour and Water en San Francisco, dice en su libro que para él, un nombre que le ayuda mucho es pappardelle. Esta pasta, fácil de pronunciar, se vuelve el vehículo ideal para presentar ingredientes “difíciles”, aquellos que podrían intimidar si se nombran de forma directa. 

Por eso, dice el chef, es la pasta perfecta para el ragú de higaditos que se vende simplemente por la sencillez de la pronunciación. Mucho más fácil que strozzapretti. 

Recuerdo un caso que pasó hace unos años aquí en nuestra ciudad; unos emprendedores se disponían a abrir un restaurante, y se asesoraron de un muy experimentado chef; ellos, fieles a la tradición de la cultura que querían representar en su restaurante, tenían un nombre en mente. 

El asesor les sugirió que escogieran algo que fuese fácil de leer y, claro, de pronunciar; no sabría decirles a ciencia cierta cómo se comportaron las ventas del lugar, pero no recuerdo tampoco haber visto las redes sociales inundadas de gente que hubiera ido al negocio. 

Más adelante, colocaron afuera del restaurante un ‘agregado’ en el que escribieron una versión fonética del nombre original, más fácil de leer. Quizás fue un caso de un esfuerzo demasiado tardío, ya que hoy el restaurante ya no se encuentra en operación. 

Lo siento, Julieta, pero los nombres importan. No se trata solo de creatividad o de sobresalir, sino de generar confianza y pertenencia. 

Un nombre fácil de pronunciar invita a entrar, elimina el miedo al ridículo y la incomodidad; incluso en los platillos, la claridad puede ser clave para animar a la clientela a explorar sabores nuevos sin la barrera de la pronunciación.

Yo sé que la picardía juega también un rol en los nombres, pero incluso para ellos hay que saberles cómo. Existen dulces muy famosos que se llaman como si unas religiosas tuvieran malestares gastrointestinales. 

Aquí en la región servimos unos frijoles que prometen mandarnos más allá del plano terrenal y cómo olvidar el pollo, al que ya mejor le cambiamos el nombre a sentado porque el otro estaba bastante agresivo, y no nos olvidemos de aquellos platillos que ya tuvieron problemas maritales.

Y a la inversa, la famosa Christina Tosi hizo un pay tan adictivo que lo nombró como una droga. Sabiamente, le cambió el nombre al poco tiempo; no es lo mismo jugar al doble sentido con un nombre que de plano ponerle un nombre que puede resultar ofensivo a los comensales. 

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