¿Por qué nos lincharon ayer en redes cuando criticamos los gastos en lujos de un político de Nuevo León?
Sin Censura
Ayer nos lincharon en redes sociales por criticar a un político de Nuevo León. Reproducimos, en una entrevista y videoeditoriales, un listado de gastos que exhiben los excesos ostentosos de este político, quien incluso amagó con llevar a tribunales nuestra crítica. Dicho de otro modo, se denuncia al denunciador.
La intención de abordar el tema —al menos en mi caso— fue convocar a la reflexión colectiva:¿puede un político darse el lujo de ostentar tantos lujos? ¿Es libre de encarnar frivolidades en tiempos de austeridad regiomontana?
Las críticas llovieron en mis cuentas —insultos, reportes a las plataformas y suspensión temporal de mis páginas—, pero este linchamiento confirma el peso de mis argumentos. También ilustra una contradicción profunda en muchos políticos locales y, por supuesto, nacionales: la frivolidad no es un capricho personal, sino una traición al mandato público.
Uno de mis autores de cabecera, Gilles Lipovetsky, en su libro La era del vacío, diagnostica a la sociedad posmoderna como un hedonismo narcisista, donde el consumo desaforado de las figuras públicas suplanta la ética cívica.
Escribe Lipovetsky: “el individuo hipermoderno, y en especial sus representantes populares, se sumerge en el placer efímero; pero en el caso del político es peor: al hacerlo, desintegra el pacto social, convirtiendo el poder en espectáculo vacío”.
Todo ello conduce a la erosión de la responsabilidad colectiva y choca con el arquetipo clásico —¿alguna vez en la historia fue verdad?— del servidor público virtuoso, que no amasará oro ni plata en su alma, pues el deseo de riquezas corrompe la justicia y la templanza, como decía Platón.
Para el ateniense, el exceso priva al líder de la phronesis (sabiduría práctica), esencial para gobernar la polis, la ciudad o el Estado.
Un verdadero político debería ser guardián de la libertad: austero y realista.
Mis reflexiones exhortan a una crítica imparcial pero comprometida para desentrañar representaciones del poder. A mis críticos les pregunto: ¿defienden la frivolidad o temen el escrutinio público?
