Trabajar con lo obvio implica volver a lo que está vivo en el aquí y ahora, tanto en el paciente, como en mí como terapeuta, no se trata sólo de lo que se dice, sino de lo que ocurre mientras se dice.
El presente es el campo donde aparece la experiencia auténtica, ahí es donde el contacto se vuelve posible. Y es desde ese contacto donde el proceso terapéutico cobra sentido.
Cuando un paciente dice: “estoy muy enojado porque mi novia me dejó”, lo obvio ya está ahí. El enojo, la tristeza, la ruptura, el desajuste interno que lo trae a consulta.
Preguntar cómo se siente ese enojo, dónde lo siente en el cuerpo, o cómo fue la separación permite profundizar la experiencia. No para explicarla, sino para habitarla. Lo obvio es que duele, y que ese dolor busca ser mirado.
A veces lo obvio se manifiesta en el cuerpo: manoteos, lágrimas, tensión, respiración contenida. Quizá no lo comprendo del todo, pero sí puedo señalarlo. Nombrar lo que veo no es interpretar, es mostrar.
“Veo tus manos tensas, noto tus ojos llenos de lágrimas”. Al hacerlo, ayudo al paciente a integrar partes de sí mismo que están fragmentadas o fuera de su conciencia.
Toda intervención es una experiencia de contacto, centrada en lo que sucede en este momento. Cuando digo: “ahora que me compartes esto, noto que aprietas las manos”, invito al paciente a volver a sí mismo.
“Quédate ahí, pon atención a eso que sientes”. Así, la terapia se convierte en un espacio de presencia, no de explicación, donde la vivencia guía el proceso.
Trabajar con lo obvio también implica observar mi propia experiencia como terapeuta. Qué siento frente a este paciente, qué me mueve, qué me incomoda. Mi vivencia también forma parte del campo. Ignorarla es perder información valiosa. Reconocerla, con responsabilidad y ética, enriquece el encuentro terapéutico.
El paciente que llega tarde o pide constantes cambios de sesión también muestra algo obvio. Si sólo cedo para satisfacer la demanda, quizá evito mirar la pauta repetitiva. ¿Dónde más ocurre esto en su vida? ¿Qué necesidad se expresa ahí? Atender lo obvio no es rigidez, es curiosidad genuina por el patrón que se repite en sus campos relacionales.
Muchas veces estamos entrenados para interpretar, llenos de teorías e introyectos. Creemos que interpretar es la vía al cambio, y se nos olvida mostrar. En Gestalt, la interpretación debe surgir del paciente, no imponerse. Nuestro rol es facilitar la experiencia para que el darse cuenta ocurra de manera orgánica.
Desde una postura empática y sin juicios, trabajar con lo obvio es un acto de respeto profundo. Confiamos en que la experiencia, cuando es mirada y sostenida, transforma. A veces no hace falta ir más lejos, solo quedarse. Porque en lo obvio, en lo simple y presente, suele estar lo más verdadero.
Además, trabajar con lo obvio fortalece la alianza terapéutica, porque el paciente se siente visto en su totalidad. No sólo escuchado en su historia, sino acompañado en su experiencia inmediata.
Cuando el terapeuta se mantiene presente y atento a lo que emerge, se crea un clima de seguridad, esa seguridad permite que el paciente se arriesgue a sentir. Y sentir, aunque duela, es muchas veces el primer movimiento hacia el cambio.
Finalmente, quedarse con lo obvio requiere valentía, tanto del paciente como del terapeuta. Implica tolerar la incertidumbre, no correr a explicar ni a resolver, es confiar en que el proceso sabe hacia dónde ir si se le da espacio.
En ese quedarse, algo se ordena, algo se integra. Y poco a poco, el paciente puede empezar a mirarse con mayor claridad, compasión y responsabilidad por su propia experiencia.
