El psicólogo Mihály Csikszentmihalyi, estudió el concepto de estado de flujo, que describe cuando las personas experimentan concentración y sentido de logro al mismo tiempo.
¿Sabías que muchas veces nos sentimos más plenos trabajando que descansando? A primera vista suena contradictorio, porque solemos pensar que la felicidad está en evitar el esfuerzo, en descansar o en no tener pendientes.
Sin embargo, algo en nuestro interior parece recordarnos que la verdadera satisfacción llega cuando logramos algo que nos reta, nos involucra y nos hace crecer.
Hace poco, alguien me confesó algo que lo sorprendió: Después de una jornada de trabajo intensa, se sentía mucho más satisfecho que en sus horas de “descanso”. Pasar tiempo frente a la televisión o deslizando en el celular, no le dejaba la misma sensación de plenitud. Necesitaba ese “algo” que lo pusiera en movimiento.
Ese descubrimiento tiene nombre: Estado de flujo. Este concepto, estudiado por el psicólogo Mihály Csikszentmihalyi, describe un estado en el que las personas experimentan concentración, disfrute y sentido de logro al mismo tiempo.
El flujo aparece cuando enfrentamos un reto que nos exige lo mejor, cuando tenemos un objetivo claro y recibimos señales de que avanzamos. Es ese momento en el que el tiempo parece desaparecer y, aunque terminamos cansados, sentimos que realmente valió la pena.
El flujo puede encontrarse en los pequeños momentos del día: Cuando ayudamos a alguien a resolver un problema difícil, cuando cocinamos algo que parecía complicado y resulta delicioso, o cuando terminamos un proyecto que nos costó trabajo y nos damos cuenta de que superamos un reto personal.
Son experiencias que nos despiertan, nos hacen sentir vivos y nos recuerdan de lo que somos capaces.
Esta es la paradoja: El ocio pasivo adormece, mientras que el flujo despierta. El bienestar no surge de evitar el esfuerzo, sino de involucrarnos en experiencias que nos hacen crecer.
Tal como un gimnasio fortalece el cuerpo a través del esfuerzo, el flujo fortalece nuestra mente y espíritu, dejándonos una sensación de propósito y satisfacción.
Esto no significa trabajar sin parar ni llenarnos de pendientes innecesarios. Se trata de elegir conscientemente en qué invertimos nuestro tiempo y energía, para que esas horas nos construyan y no sólo nos desgasten.
Las personas más satisfechas no son las que evitan los problemas, sino las que encuentran maneras de enfrentarlos con creatividad y resiliencia.
Podemos comenzar de manera sencilla. Esta semana, proponte un reto pequeño que te motive. Define un objetivo claro y busca una forma simple de medir tu progreso. Notarás cómo cambia tu energía y la manera en que disfrutas tu día.
Incluso las tareas cotidianas pueden transformarse en experiencias de satisfacción si las vivimos con intención y presencia.
A veces, el primer paso es tan simple como elegir estar presente en lo que hacemos: Preparar un café con calma, terminar un pendiente que hemos postergado o escuchar con atención a alguien. Cada acto puede convertirse en una puerta hacia el flujo, si lo vivimos de manera consciente.
La felicidad, entonces, no está en lo que evitamos, sino en lo que nos atrevemos a crear. Nuestro bienestar no depende únicamente de descansar, sino de vivir con dirección, aceptar los retos que nos impulsan a crecer, y construir experiencias que nos conecten con lo mejor de nosotros mismos.
