Allá por el siglo III, en Roma, el emperador Valeriano observó que el imperio tenía un problemón financiero, así que, para subsanarlo, decidió prohibir el cristianismo y confiscar los bienes de aquellos que se resistieran a renunciar a su religión.
Esto resultó en el martirio de dos papas, sus diáconos y otros tantos. Entre los diáconos del papa Sixto II, había uno de nombre Lorenzo que, tras el martirio del papa y seis otros de sus diáconos, se quedó a cargo de la administración de la iglesia. Se dice que el prefecto de Roma amenazó de muerte a Lorenzo si este no le entregaba los tesoros de la iglesia.
El diácono reunió a los pobres, enfermos, mendigos y viudas y se los presentó al prefecto diciendo que esos eran los tesoros de la iglesia. Algunos dicen que esto fue lo que selló su destino; otros dicen que fue el hecho de no ser ciudadano de Roma.
El caso es que a Lorenzo no se le otorgó una muerte rápida como al papa y sus otros diáconos. Un 10 de agosto, el prefecto lo mandó encadenar a una parrilla y a ser colocado sobre fuego. Cuenta la leyenda que después de un tiempo, Lorenzo dijo a sus guardias que ya estaba cocido de un lado, que le dieran la vuelta.
San Lorenzo se convirtió en un santo muy venerado en la Iglesia católica. Uno de sus más famosos devotos fue el rey Felipe II de España, que en agradecimiento a que el santo le trajo la victoria en San Quintín, erigió el complejo de San Lorenzo del Escorial, el mismo que en su construcción, rinde tributo a su martirio.
San Lorenzo es considerado santo patrono de los comediantes, escritores, de los pobres y de muchas profesiones asociadas a la restaurantería. Aquí solemos pensar más en San Pascual Bailón como el santo patrono de los cocineros, y esto es gracias a una tradición que se origina en los años de la Nueva España.
Sin embargo, en una región como la nuestra, en la que la cocina de brasa y parrilla tiene tanto arraigo, San Lorenzo me parece muy relevante.
En pocos días, el 10 de agosto se conmemorará el día de San Lorenzo. Usualmente, por esas fechas, también suelen presentarse las lluvias de estrellas llamadas perseidas, o más coloquialmente: lágrimas de San Lorenzo.
Yo sé que, en esta mancha urbana tan desarrollada, la posibilidad de observar el fenómeno astronómico es mínima. Pero si les falta un pretexto para prender el carbón ese día, ya tenemos uno. Aunque sea lunes.
Qué cosa tan bonita hemos conseguido lograr, convirtiendo lo que alguna vez se quiso utilizar como un instrumento de tortura y sufrimiento, en algo que hoy va más allá de su utilidad culinaria, en algo alrededor de lo que nos reunimos y pasamos un muy buen momento de convivencia junto con la familia que tenemos y la que elegimos. Creo que San Lorenzo podría estar orgulloso del legado que nos ha dejado.