Ya han pasado más de veinte años desde que empecé a dar clases. Siempre ha sido importante para mí intentar inculcar la curiosidad por lo que pasa en la gastronomía y, a lo largo de esos veinte años, debo admitir que los resultados han sido… mixtos.
Siempre me ha llamado la atención cómo es que muchos de aquellos que consideran que este oficio es su pasión o vocación, no se interesan por lo que está pasando en el mismo. Sobre todo en estos tiempos en los que la información está tan a la mano.
Hace un par de semanas, contaba aquí cómo, por un fin de semana, fuimos el “ombligo” de la gastronomía mundial y cómo el crecimiento que ha tenido la ciudad bien podría valer que se le considere un destino gastronómico.
Sin embargo, ¿qué tanto sabemos sobre lo que pasa en la industria de la hospitalidad en nuestro ámbito? Alguna vez hice un ejercicio con alumnos de la carrera de gastronomía. Les escribí una lista de una veintena de chefs que en aquellos tiempos podríamos haber considerado relevantes.
La gran mayoría del grupo no pudo identificar ni la mitad de ellos y muchos no identificaron ni siquiera al que podríamos haber considerado el mejor chef de nuestro país. Quizás era que apenas iban empezando, quizás otra cosa.
Por mucho tiempo les he dicho también sobre la enorme ventaja que tienen hoy en día al tener, literalmente, en sus manos, el acceso a toda la información que puede haber disponible. Hoy en día, sin embargo, me quedo con la duda sobre qué criterios se utilizan para definir quién vale más la pena seguir.
Esto no es nada nuevo; también lo vimos cuando las cámaras de televisión voltearon a ver las cocinas. Si bien esto ocurrió desde los inicios de la televisión misma, a finales del siglo XX tuvo un explosivo crecimiento en su popularidad.
Aquellos chefs que de pronto se convirtieron en estrellas fueron muy criticados por haber dejado de lado las cocinas, y sin embargo, aquellos primeros en ser seleccionados eran chefs con una trayectoria probada.
Algo que posteriormente fuera el motivo de críticas a los canales especializados: el acceso a estar frente a cámaras se “democratizó” porque no solo basta con ser un gran cocinero para poder llevar a buen término un programa.
Con la llegada de las redes sociales, sin embargo, los filtros que antes representaban los productores de televisión desaparecieron. Si bien tampoco es tan sencillo como tomar un teléfono y grabarse, el acceso a la popularidad en redes se simplificó.
Esto ha significado que algunos chefs han podido amplificar su alcance, pero si echamos un ojo a las personalidades que crean contenido con mayor presencia en redes, la mayor parte de ellos se “hicieron” en estas y no en los fogones, mientras que aquellos que nos ponen en el mapa se quedan millones de seguidores atrás.