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Opinión

Samuel en el Mundial 2026: ¿soft power?

Sin Censura

Un ejército de vikingos llega a Monterrey por el río Santa Catarina. Se trata de uno de los videos publicados oficialmente por el gobernador Samuel García en sus redes para promover el Mundial 2026 en Nuevo León.

¿Un spot institucional? No. ¿Una campaña de comunicación convencional? Tampoco. 

Se trata de videos con toques surrealistas generados con inteligencia artificial. 

En el caso del drakkar vikingo, llega a tierras regias guiado por un mapa antiguo. Los guerreros nórdicos pasan de una escena a otra: a la carnita asada, la cerveza fría, los sombreros vaqueros y los tatuajes del Mundial. 

Más que informar, este video busca seducir.

Estos videos tienen varias capas. La primera es cultural. Samuel García cruza de forma deliberada dos universos simbólicos distantes. Toma el imaginario épico vikingo —guerra, honor, frío, mitología nórdica— y lo combina con códigos populares de la identidad norteña: la parrilla, la hospitalidad franca, el futbol y el humor. El resultado se presta a un meme con producción cinematográfica.

La segunda capa, a mi modo de ver, es técnica. Estos videos están hechos con herramientas de inteligencia artificial generativa. Eso crea escenas que serían extremadamente costosas o directamente imposibles de filmar de forma tradicional: un ejército de vikingos caminando por la Macroplaza o celebrando un gol en el Estadio Monterrey. 

Se logra calidad de alto presupuesto a un costo marginal y con una velocidad de producción que los equipos de comunicación tradicionales en otros estados no pueden igualar.

Vislumbro una estrategia de posicionamiento de marca. Se rompe con el modelo clásico de comunicación política institucional, rígido, solemne y muchas veces aburrido. 

La clave de esta campaña consiste en que Nuevo León no es solo una sede más del Mundial: es “el Mundial más norteño”, con personalidad propia, capaz de contagiar su cultura incluso a civilizaciones tan distintas como la vikinga o la coreana. 

Lo anterior lo explico bajo un concepto de relación global: el soft power o poder blando. 

El término es del politólogo estadounidense Joseph Nye, a quien releo cada cierto tiempo. 

Nye distingue entre hard power —la capacidad de obligar a otros mediante la fuerza militar o económica— y soft power, que define como la capacidad de atraer y seducir. 

Dice Nye: cuando una entidad logra que otras entidades quieran lo mismo que ésta quiere, sin necesidad de coerción ni pago, ejerce poder blando. 

El soft power se construye a través de la cultura, los valores, la imagen internacional y la capacidad de seducir. Más que imposición, deseo. 

¿Un ejemplo de soft power? Adelanto uno que explico en un libro mío de pronta aparición. En las últimas dos décadas el gobierno de Corea del Sur ha promovido casi oficialmente a la banda musical BTS y toda la ola del K-pop, conocida como Hallyu. 

El gobierno coreano, a través de instituciones como el Ministerio de Cultura, Deportes y Turismo y la Agencia de Contenidos Creativos de Corea, apoya al K-pop acaso no solo por razones económicas —aunque genera miles de millones de dólares en turismo, exportaciones y propiedad intelectual—, sino porque BTS proyecta una imagen cool, sofisticada y atractiva de Corea del Sur en todo el mundo. 

Millones de jóvenes que nunca habían oído hablar de Seúl terminan interesándose por la cultura, la gastronomía, el idioma y, eventualmente, por el país como destino de inversión y turismo. 

Eso es soft power en estado puro: el Estado coreano invierte en productos culturales que moldean percepciones globales y obtiene beneficios geopolíticos sin recurrir a la coerción.

Lo que Samuel García hace en Nuevo León es un ejercicio similar, a escala estatal. Usa cultura pop, humor para memes e inteligencia artificial para proyectar una imagen atractiva de Nuevo León hacia afuera. 

Vende futbol empaquetado en una experiencia cultural con acento regiomontano. 

Ambos casos —Corea del Sur con BTS y Nuevo León con esta promoción innovadora— son ejemplos de soft power. 

O, como he analizado en otros artículos, en la era de las redes y la cultura digital, generar atracción cultural es tan estratégico como cualquier tratado o inversión pública.

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