Hace unos días me encontraba leyendo el libro Nosotros, del terapeuta y autor Terrence Real, cuando me encontré con un concepto que me pareció especialmente valioso: la asertividad proporcional.
Mientras avanzaba en sus páginas, no pude evitar pensar en cuántos conflictos, heridas y malentendidos podrían transformarse si aprendiéramos a expresar lo que sentimos en una medida adecuada, sin callarlo, pero tampoco dejando que nuestras emociones tomen el control de nuestras palabras.
Muchas personas crecimos creyendo que solo existían dos opciones cuando algo nos molestaba: guardar silencio para evitar problemas o explotar cuando ya no podíamos contenernos más.
Entre ambos extremos suele desarrollarse una dinámica dolorosa. Lo que no se expresa se acumula, y lo que se acumula termina saliendo con una intensidad que pocas veces corresponde al problema original.
Terrence Real propone una alternativa profundamente saludable: responder de manera proporcional a la situación que estamos viviendo. Esto significa que la intensidad de nuestra comunicación debe corresponder a la magnitud del problema.
Si algo nos incomoda ligeramente, podemos expresarlo con suavidad. Si algo nos hiere profundamente o vulnera nuestros límites, es válido hablar con mayor firmeza. La clave no está en reprimir ni en exagerar, sino en encontrar la medida justa.
La asertividad proporcional también implica hacernos responsables de nuestras emociones. En lugar de atacar o culpar al otro, hablamos desde nuestra experiencia.
Cambiamos frases como “siempre haces todo mal” por expresiones como “esto me hizo sentir herido” o “necesito que podamos hablar de esto”. Aunque parezca una diferencia pequeña, transforma por completo la conversación, porque abre la puerta al entendimiento en lugar de provocar una defensa inmediata.
Otro aspecto importante es que la proporcionalidad requiere conciencia emocional. Cuando nuestras heridas antiguas toman el control, es fácil reaccionar al presente con el dolor acumulado del pasado.
En esos momentos, una situación menor puede sentirse enorme. Por eso resulta tan importante detenernos un instante y preguntarnos: ¿estoy respondiendo a lo que ocurre hoy o también a experiencias que aún me duelen?
Quizá una de las enseñanzas más hermosas de este concepto es que la verdadera fortaleza no consiste en ganar discusiones ni en imponer nuestro punto de vista. La verdadera fortaleza aparece cuando somos capaces de defender nuestras necesidades sin dejar de cuidar la relación.
Es una combinación de honestidad y compasión que pocas veces se enseña, pero que puede cambiar profundamente la manera en que nos relacionamos con los demás.
Mientras cerraba el libro, me quedé pensando que la asertividad proporcional es, en realidad, un acto de amor propio y de respeto hacia quienes nos rodean. Nos permite ocupar nuestro lugar sin aplastar el de otros.
Nos recuerda que nuestra voz merece ser escuchada, pero también que las relaciones florecen cuando la verdad se expresa con conciencia. Tal vez la vida no nos pida hablar más fuerte, ni callar más tiempo; tal vez nos invite, simplemente, a aprender el arte de decir lo necesario, en el momento adecuado y con la intensidad justa.
