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Opinión

El Mundial: la fiesta que emociona… y también distrae

Columna Invitada

Cada cuatro años, el Mundial de Futbol paraliza al planeta. Millones de personas cambian horarios, suspenden actividades y concentran su atención en un solo espectáculo. Es, sin duda, el evento deportivo más visto del mundo. Pero detrás de la pasión existe una realidad económica y política que pocas veces ocupa los titulares.

Expertos en economía del deporte coinciden en que los principales beneficiarios financieros no suelen ser los países anfitriones, sino quienes controlan los derechos comerciales, audiovisuales y de patrocinio. En el caso del Mundial de 2026, la gran ganadora será la FIFA, propietaria de los derechos de transmisión, licencias y patrocinios globales. A ello se suman las grandes marcas multinacionales y Estados Unidos, sede de la mayor parte de los encuentros y del grueso de la derrama económica.

La FIFA proyecta ingresos superiores a los $13,000 millones de dólares durante el ciclo mundialista 2023-2026, impulsados principalmente por derechos de televisión, marketing y hospitalidad. La mayor parte de esos recursos no permanece en los países sede.

México recibirá visitantes y proyectará su imagen internacional. Habrá beneficios para hoteles, restaurantes, transporte y algunos comercios. Sin embargo, buena parte del valor agregado generado por el Mundial regresará a las cadenas globales de patrocinio, plataformas de transmisión, empresas internacionales y a la propia FIFA.

Existe además otro fenómeno que merece reflexión. Históricamente, los grandes eventos deportivos han coincidido con momentos de alta tensión política o económica. Mientras millones celebran un gol, debates sobre seguridad, corrupción, finanzas públicas, reformas o investigaciones suelen perder presencia en la conversación cotidiana.

No se trata de dejar de disfrutar el futbol. Se trata de no permitir que la emoción sustituya al análisis. Un país puede celebrar y, al mismo tiempo, mantenerse informado y exigir resultados a sus autoridades.

La verdadera victoria para México no dependerá de cuántos partidos albergue, sino de cuánto valor logre generar para sus empresas, trabajadores y emprendedores. Si la derrama económica termina concentrándose en corporaciones internacionales, mientras los mexicanos sólo conservamos la fiesta, habremos desperdiciado una oportunidad histórica. Hagamos conciencia, consumamos local y procuremos que el dinero permanezca en México.

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