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Opinión

El rinoceronte mexicano

Comentarista de Azteca Deportes

Hay equipos que conquistan desde el vértigo. Otros lo hacen desde el control.

El equipo mexicano ha elegido otro camino.

Se parece a un rinoceronte.

No necesita ser el más rápido para imponerse. No juega para impresionar durante cinco minutos. Avanza con la serenidad de quien conoce su fuerza. Absorbe los golpes, atraviesa los obstáculos y, cuando encuentra el espacio, embiste con una contundencia que muy pocos pueden resistir.

Cuatro partidos. Ocho goles a favor. Ninguno en contra.

Las cifras no describen una buena racha. Describen una identidad.

Javier Aguirre ha construido un equipo quirúrgico. Un colectivo que entiende que el futbol también se conquista desde el orden. Cada futbolista conoce su espacio. Cada movimiento protege al siguiente. Cada esfuerzo individual fortalece al grupo. No hay fisuras. No hay improvisación. Hay disciplina, inteligencia y una convicción compartida.

El balón circula con paciencia. La presión aparece coordinada. La defensa nunca queda expuesta. México juega como un bloque compacto; ataca como uno solo y defiende como uno solo. En un torneo donde la eliminación directa castiga el menor error, esa puede ser la mayor de las virtudes.

Y cuando la estructura necesita romper la resistencia rival, aparece Julián Quiñones.

Es el cuerno del rinoceronte.

El filo de la embestida.

El delantero que obliga a retroceder a las defensas antes incluso de tocar el balón. El hombre que convierte una ventaja mínima en una sentencia. Hay futbolistas que participan en los partidos. Quiñones cambia el rumbo de los partidos.

A su lado permanece Raúl Jiménez.

El veterano indispensable.

Porque los grandes delanteros entienden que la experiencia también gana eliminatorias. Volvió a marcar. Volvió a aparecer en el momento exacto. Los años no le quitaron el instinto; le regalaron la serenidad para elegir mejor.

Y detrás de todos ellos apareció el Estadio Azteca.

No sólo como escenario.

Como una fuerza capaz de comprimir el campo, acelerar las decisiones del rival y recordarle a cualquiera que jugar en México también significa soportar el peso de una tribuna que empuja durante noventa minutos.

El equipo mexicano ya dejó atrás la primera aduana de la eliminación directa.

Ahora el camino se estrecha.

El próximo domingo aparecerá Inglaterra o la República Democrática del Congo. Cambiará el rival. Cambiará el desafío.

Lo que no debería cambiar es la identidad.

Porque los grandes torneos no siempre pertenecen al equipo que corre más rápido.

Muchas veces pertenecen al que nunca deja de avanzar.

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