Amberes, Bélgica, tuvo siete partidos políticos en su consejo más reciente. Con este dato, el catedrático Pieter Van den Broeck, amigo mío, me demuestra que la pluralidad partidista beneficia la democracia.
¿Nos beneficia a los regiomontanos? Van den Broeck advierte que, pese a la diferencia de sistemas electorales entre el mexicano y el belga, su respuesta es sí.
¿Por qué? Simple: mientras más candidatos haya —descartando alianzas formales o de facto—, menos monopolios habrá, en teoría.
Para bien o para mal, en 2015 Nuevo León eligió a su primer gobernador sin partido.
El Bronco sacó 48.8%, el PRI 23.9% y el PAN 22.3 por ciento. Fueron fuerzas claras y un ganador claro. Lo que vino después es otro asunto.
En efecto, eso significó un duopolio con un intruso.
Seis años después, el actual gobernador, Samuel García, ganó con 36.7 por ciento. Adrián de la Garza lo siguió con 8 puntos y medio.
De cara al proceso electoral de 2027, la llegada de candidatos independientes o postulados por partidos regionales nuevos no debería alarmarnos.
Al contrario. Pluralidad no es sinónimo de fragmentación.
Un sistema con ocho candidatos que reparte el voto entre cuatro fuerzas competitivas no es menos democrático que uno con dos. Lo vuelve más exigente.
Obliga a cada aspirante a demostrar por qué merece el voto, en lugar de esperar el turno de su partido o el desgaste del que está en el poder.
Si las mismas caras rotan cada seis años —los mismos operadores, las mismas élites, las mismas promesas recicladas—, la democracia se convierte en una sucesión congelada.
Cuando aparecen caras nuevas y partidos que no controlan las estructuras tradicionales, el electorado recupera la posibilidad de castigar y de premiar sin intermediarios, dice Van den Broeck.
El miedo habitual es el del “voto dividido”: que el ganador salga con 20 o 25% y gobierne sin mucha legitimidad.
Sin duda, el riesgo existe. Pero el auténtico peligro es el contrario: que el poder se concentre de antemano en dos o tres apellidos que ya conocemos de memoria.
Un gobernador electo con 22% en una contienda abierta y competida tiene más legitimidad democrática que uno que gana con 45% porque simplemente no había otra opción creíble.
La legitimidad no se mide solo por el porcentaje final; se mide por la calidad de la dura competencia de la cual emanó.
Además, la experiencia reciente muestra que el electorado —el nuevoleonés, al menos— sabe filtrar.
No todos los independientes ni todos los partidos nuevos llegan al debate final. La criba es inclemente. Aquellos candidatos que sobreviven son los que logran articular una oferta clara, recaudar firmas o votos y resistir el escrutinio regio.
A mi modo de ver, ese filtro es más sano que el filtro de los partidos tradicionales, que a menudo privilegia la lealtad interna sobre la capacidad de gobernar.
Nuevo León no necesita abrir el abanico de opciones; las mejores no surgirán en 2027 del reciclaje.
Surgirán cuando el mercado electoral nuevoleonés, se abra de verdad, cuando nadie puede comprar con dinero o con sobornos en especie el resultado de antemano y cuando el elector regio tenga frente a sí una oferta real, no una falsa disyuntiva entre dos variantes del mismo establishment.
Si en 2027 el índice de concentración de votos se fragmenta, no estaremos ante ningún déficit de legitimidad sino ante algo raro en la política mexicana un mercado electoral donde el poder se disputa, no se hereda.
Y eso, dice Pieter Van den Broeck, con todos los riesgos que conlleva, es preferible a seguir votando siempre por los mismos sin que hagan el mínimo esfuerzo por contender ante nuevas caras y diferentes propuestas.
