Ormuz: el cuello de botella que está incubando la inflación estructural global
Columna Invitada
El estrecho de Ormuz se ha convertido en uno de los puntos de mayor presión geoeconómica del mundo. Por esta franja marítima transita cerca del 20% del petróleo global, equivalente a más de 20 millones de barriles diarios, así como alrededor del 30% del comercio marítimo de gas natural licuado. Sin embargo, reducir su relevancia únicamente al crudo es un error de diagnóstico. También circulan volúmenes críticos de azufre, amoniaco y fertilizantes nitrogenados, particularmente desde Arabia Saudita, Qatar e Irán.
El azufre, derivado del refinado, es clave en procesos químicos, farmacéuticos y metalúrgicos. A nivel global, más del 80% se utiliza en la producción de ácido sulfúrico, insumo base para fertilizantes fosfatados. Su encarecimiento impacta directamente en cadenas industriales como la automotriz y la manufactura pesada. En paralelo, el mercado de fertilizantes ha registrado incrementos superiores al 30% en episodios de disrupción logística, lo que afecta de forma directa los costos agrícolas.
Los fertilizantes nitrogenados, como la urea y el amoniaco, son responsables de hasta el 50% del rendimiento agrícola mundial. Un aumento sostenido en su precio se traduce, con rezago de uno a dos ciclos agrícolas, en incrementos en la canasta básica. La FAO ha documentado que un alza del 10% en fertilizantes puede trasladarse en hasta 2%–3% en los precios de alimentos básicos en economías emergentes.
Aquí es donde emerge el verdadero problema: el traslado de estos choques hacia la inflación subyacente. A diferencia de la inflación general, que responde rápidamente a movimientos energéticos, la subyacente refleja la persistencia de costos en bienes y servicios. En diversas economías, más del 60% de los componentes subyacentes está ligados indirectamente a costos logísticos, energéticos e insumos industriales.
Además, la rigidez de estas cadenas productivas complica la sustitución. Reconfigurar la producción global de fertilizantes o petroquímicos puede tomar entre tres y cinco años, con inversiones multimillonarias. Este desfase genera efectos de segunda ronda: las empresas trasladan costos, los salarios intentan ajustarse y los bancos centrales enfrentan una inflación más rígida, lo que los obliga a mantener tasas altas por más tiempo.
Conclusión: El problema no es únicamente energético, es sistémico. El estrecho de Ormuz está funcionando como un catalizador de inflación estructural global. Al encarecer insumos clave que atraviesan múltiples sectores, prolonga la presión sobre la inflación subyacente y limita la efectividad de las políticas monetarias tradicionales. En este nuevo entorno, la geopolítica de los insumos se convierte en el verdadero termómetro de la inflación.
