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Opinión

La injusticia divina: el refugio de nuestro ego

Crece o muere, ventas con estrategia

Hace ocho años, fui con mi esposa y tres hijos a pasar Año Nuevo en Zacatecas. Rentamos un departamento en Airbnb y planeamos algunas actividades de integración. En un ejercicio muy emotivo, mi esposa llevó agua de mar y nos puso en círculo. Cada uno debía verter un poco de esta en la cabeza de quien estaba a su derecha y, al mismo tiempo, desearle un buen deseo. A mi izquierda estaba mi hijo Marcelo y me dijo: “Papá, espero que te vaya tan bien como te lo mereces, trabajas mucho”.  Lo miré a los ojos agradeciendo y a la vez, estando de acuerdo con él. Esa escena me dejó impactado hasta la fecha. 

En esa situación, el camino que tomé entonces —y muy probablemente en algún momento tú lo has hecho también— fue cuestionarme: ¿por qué la vida/Dios/destino/universo ha sido injusto conmigo, si merezco más?

Ahora, después de ocho años, me doy cuenta de que tenía lo que me merecía, solo que me faltaba merecer más. Haciendo un análisis en retrospectiva, encuentro que pude haberlo hecho mucho mejor en varios temas, tanto en mi empresa como en mi vida personal. Así que sí, en ese entonces tenía lo que me merecía, igual que hoy. 

Este aprendizaje en cabeza propia, sumado a lo que he visto en 22 años como consultor, me obliga a ser directo: todos tenemos, aproximadamente, lo que nos merecemos. Y lo digo con profundo respeto hacia quienes enfrentan tragedias, enfermedades inevitables o desigualdades extremas que solo Dios decide. Este artículo no es para ellos; es para quienes nacimos sanos y en condiciones de competir. En la mayoría de los casos, nuestra vida es una consecuencia acumulada de nuestras decisiones.

La “injusticia” suele ser un espejismo psicológico. El psicólogo Aaron Kay demostró en sus investigaciones sobre la Compensación de Control que, cuando los seres humanos enfrentamos el fracaso o la falta de resultados, nuestro cerebro activa un mecanismo de defensa: atribuir el caos a un “orden superior”.

El experimento reveló que es más reconfortante creer que “Dios tiene un plan” o que “el universo conspira” antes que admitir que no tenemos el control de nuestra ejecución. Usamos la fe como una muleta para proteger el ego; si el culpable es el destino, yo no tengo que cambiar nada.

Si no te gusta lo que tienes, no le reclames al destino, reclámate a ti mismo. Revisa, para cada aspecto de tu vida —empresarial o personal—, estos tres factores obtenidos del modelo de ejecución Salexperts:

1.    Intensidad (#)

¿Estás haciendo el suficiente esfuerzo, en cantidad y calidad, dirigido a conseguir lo que te propones? ¿Estás cuidando tu cuerpo con alimentación sana y ejercicio? ¿Te estás relacionando con las personas correctas para acompañarte en tu camino?

2.    Conocimiento (%)

¿Estás aprendiendo cosas nuevas para encontrar mejores maneras de cumplir tus metas como empresario, padre, pareja, persona o amigo? 

3.    Estrategia ($)

¿Estás intentando cosas importantes para tu meta o sigues en zona de confort? ¿Si logras tu meta, será un mundo mejor? ¿Estás verdaderamente desarrollando tu máximo potencial?

Atribuir nuestros fallos a un “plan divino” o a la “mala suerte” es el refugio de quienes no quieren auditar su propio desempeño. Es más cómodo declararse víctima de una injusticia cósmica que responsable de una estrategia o ejecución insuficiente. Pero la realidad es neutra: no te castiga ni te premia; simplemente te devuelve el fruto de lo que has sembrado con tus acciones y omisiones

En vez de reclamarle a Dios, reclámate a ti mismo. Tu problema se puede arreglar auditando tu intensidad, conocimiento y estrategia. 

¿Qué vas a empezar a merecer hoy?

www.salexperts.com
Facebook: @Salexperts,  @ACAldrete.
Linkedin: Alberto Cárdenas Aldrete

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