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Opinión

Hasta aquí llego yo

Columna Invitada

A veces creemos que amar es darlo todo, sin medida, sin pausa y sin condiciones. Nos enseñaron que el cariño verdadero aguanta, comprende, se adapta y permanece. Y así, sin darnos cuenta, empezamos a confundir entrega con sacrificio. 

En muchos vínculos —familiares, amistosos, laborales o afectivos— aprendemos a sostener solos lo que debería ser compartido, a cargar con lo que tendría que ser mutuo y a llamar amor a lo que en realidad es desgaste.

La reciprocidad en los vínculos no es una exigencia egoísta, es una necesidad emocional básica. Tiene que ver con sentir que también somos escuchados, respetados, considerados y valorados. 

Cuando una relación solo existe porque tú la sostienes, la alimentas y la proteges, deja de ser un encuentro y se convierte en una carga. Ningún vínculo debería sentirse como una lucha constante por permanecer.

Desde la mirada sistémica, Bert Hellinger hablaba del “orden del amor”, y uno de sus principios fundamentales es el equilibrio entre dar y recibir; este equilibrio no solo aplica en pareja, sino en todos los lazos humanos. 

Cuando se rompe algo se desajusta; si siempre das y casi nunca recibes, tu energía se agota. Si siempre comprendes, pero nunca te comprenden, tu corazón se va cerrando.

Muchas veces entramos en relaciones desequilibradas por miedo: miedo a decepcionar, a ser rechazados, a quedarnos solos, a perder un lugar. 

Entonces empezamos a adaptarnos, a callar lo que sentimos, a minimizar nuestras necesidades, a justificar lo injustificable. Nos volvemos expertos en sostener a otros, mientras dejamos de sostenernos a nosotros mismos.

Adaptarse para conservar un vínculo puede parecer amor, compromiso o lealtad. Pero cuando implica renunciar a tu autenticidad, se convierte en una forma silenciosa de abandono personal. 

El cansancio emocional no siempre llega con conflictos visibles. A veces llega como una sensación persistente de desgaste, como una tristeza suave, como una desmotivación constante. 

Llega cuando sientes que das más de lo que recibes, que escuchas más de lo que te escuchan, que apoyas más de lo que te apoyan; ese cansancio no es debilidad, es una señal interna pidiendo atención.

Aprender a reconocer vínculos no equilibrados es un acto profundo de crecimiento personal; implica mirarte con honestidad y preguntarte: ¿me siento respetado aquí?, ¿puedo ser yo mismo?, ¿me siento valorado?, ¿me siento en paz? Estas preguntas no buscan romper relaciones, buscan sanarlas o, en algunos casos, liberarte de lo que ya no nutre.

Decir “hasta aquí” no es egoísmo, es amor propio. Es reconocer que mereces relaciones donde dar y recibir fluyan con naturalidad. Donde no tengas que esforzarte para existir, ni luchar para ser importante. 

Amarte también es aprender a poner límites, soltar lo que no te cuida y elegir vínculos donde tu presencia sea celebrada. Porque las relaciones sanas no te consumen: te fortalecen, te acompañan y te permiten crecer.

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