Durante mucho tiempo creí —como muchos— que el bienestar estaba en resolver, corregir o alcanzar algo más. Ser mejor, saber más, llegar más lejos. Como médico, aprendí a observar el cuerpo; como persona, tardé más en aprender a observarme a mí mismo.
Pero esa sensación profunda de que algo me faltaba me llevó a buscar la sabiduría, sabiduría que encontré como agua refrescante y sanadora, en la tradición del zen.
Durante casi dos décadas exploré, medité y estudié esta enseñanza no solo para mi propio desarrollo interior sino para compartirlo con aquellas personas que, como yo, buscaban un camino de paz, de equilibrio y de serenidad, y así logré integrar estas enseñanzas desde un marco secular y con trasfondo científico y así nació Viviendo Zen.
El Zen —en su forma más simple y secular— no propone una filosofía complicada ni respuestas definitivas. Propone algo más humilde y, a la vez, más desafiante: estar presentes. Ver con claridad. Dejar de añadirle resistencia innecesaria a la experiencia.
Con el tiempo entendí que muchas de nuestras dificultades no provienen solo de lo que ocurre, sino de cómo nos relacionamos con ello. El estrés no siempre está en la agenda llena, sino en la mente que no descansa.
El sufrimiento no siempre está en el dolor, sino en la lucha constante por evitarlo. La confusión no siempre está afuera, sino en la falta de contacto con lo que sentimos y pensamos.
Vivir con atención plena —mindfulness— no es vivir lento ni desconectado del mundo. Es vivir más cerca. Más conscientes de nuestras reacciones, de nuestros hábitos, de nuestras palabras. Es aprender a responder en lugar de reaccionar.
La aceptación, otro pilar esencial, no significa resignarse ni conformarse. Significa reconocer la realidad tal como es, para poder actuar con mayor claridad. Paradójicamente, cuando dejamos de pelear con lo inevitable, aparece más libertad para elegir cómo vivir.
Viviendo Zen es, en esencia, una invitación. No a creer algo nuevo, sino a observar de otra manera. A cultivar una ética viva, una compasión práctica —empezando por uno mismo— y una comprensión más amplia de quiénes somos más allá del personaje que defendemos a diario.
No se trata de retirarse del mundo, sino de habitarlo con más presencia. No de dejar de sentir, sino de aprender a sentir sin perderse. No de tener todas las respuestas, sino de aprender a hacer mejores preguntas.
Este espacio nace para compartir reflexiones sencillas sobre cómo vivir con mayor claridad en medio de la vida real. Sin promesas rápidas. Sin fórmulas mágicas. Solo atención, honestidad y práctica cotidiana.
Seguimos practicando.
