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Opinión

¿Por qué es trascendente que el gobierno estatal montara la única ópera de Beethoven en el Teatro de la Ciudad?

Sin Censura

Fidelio es la única ópera que compuso ese señor tan fuera de serie que se llamó Ludwig van Beethoven. 

Nunca se había montado en Nuevo León hasta el pasado fin de semana en el Teatro de la Ciudad, gracias a una coproducción de Conarte, que dirige Ricardo Marcos; la Secretaría de Cultura, que encabeza Melissa Segura; así como el Coro de la Compañía de Ópera de Saltillo, con sus 40 integrantes. Bien por el gobierno del estado. 

¿Por qué Fidelio es algo más que una ópera y valía la pena verla en vivo? Porque Beethoven vertió ahí toda su alma atormentada y sus ideas políticas libertarias. 

La trama es una mujer que se disfraza de carcelero para buscar a su pareja —un preso político—, detenido desde hace dos años en un calabozo subterráneo. 

La propuesta de Rodrigo Cervantes, la magistral escenografía de Matías Otálora y la coordinación, así como una estupenda codirección artística de José Wolffer y Ricardo Marcos, están tan bien resultas que evocan —desde mi particular punto de vista— un descenso al subconsciente. 

Los personajes de Fidelio encarnan ideas, no personas. Y voy más allá: encarnan ideales. 

Porque incluso el orden que impone una tiranía, como en este caso el villano Pizarro, representa un ideal de orden y de forzada estabilidad donde impera la razón de Estado, no la vida de la gente, que pasa a segundo plano. 

La protagonista busca a su esposo desaparecido en una mazmorra en el subsuelo, sin saber siquiera que realmente está ahí. Ese viaje al subconsciente la lleva —o nos lleva— a un lugar que nosotros sabemos, a las claras, cuál es. 

De eso se trata ser libres. La libertad es también una responsabilidad y un riesgo que debemos correr. 

Pero dejaré para otra columna esta interpretación lacaniana que yo tengo de Fidelio. En esta columna prefiero llevar a Fidelio a su dimensión más evidentemente política, como estoy seguro le gustaría al autor. 

Las Madres Buscadoras en México son las Leonoras reales de hoy. Como el personaje de Beethoven —aunque el libreto no era suyo—, estos seres valientes, con pala en mano, botas y sombrero, entran a las cárceles modernas: fosas clandestinas, terrenos baldíos, ríos y basureros. 

No esperan a que vengan ministerios públicos o fiscales; ellas mismas cavan, sacan tierra y cargan los restos de sus hijos o sus maridos porque están solas.

En Fidelio, Leonora se juega su vida para rescatar a su marido Florestán de la oscuridad. Las madres arriesgan la suya y ya han encontrado más de 40 cuerpos en lo que va del año. 

Pero, a diferencia de la ópera de Beethoven —va un spoiler—, aquí no llega ningún ministro cantando victoria; muchas veces lo que llega son amenazas, agresiones o el silencio oficial.

Es la misma historia: Florestán era el preso político de Beethoven. Aquí son más de 133,000 desaparecidos. 

La ópera termina en triunfo porque la verdad vence a la maldad. Las madres mexicanas, en cambio, siguen cantando su propia aria de dolor y resistencia, esperando que algún día México también pueda gritar “¡Libertad!” de verdad. 

Protagonizan esta puesta de Fidelio, un correcto Ramón Vargas, con técnica impecable; una apasionada Dhyana Arom; la soprano coreana So Ri Ken; el tenor Enrique Guzmán; el bajo Rafael Blásquez —de lo mejor que tenemos—, todos bajo la dirección escénica de Marcelo Lombardero, el vestuario de Luciana Gutman y la dirección concertadora de Guido María Guida, al frente de la Orquesta Sinfónica de la UANL, que dejó impresionado al público, que ovacionó está muy bien lograda presentación.

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